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Introducción:

En post del avance médico se hacen multitud de barbaridades, más aún en tiempos que todavía gobernaba el salvajismo, más en un siglo XIX donde reinaba en muchas zonas de Gran Bretaña la podredumbre y el hambre. La investigación y el estudio de la medicina estaban en auge, para poder desarrollarla necesitaban un alto número de cuerpos humanos, éstos se conseguían a través de cadáveres. Una práctica que en principio era legal, aprovechando los cuerpos de los reos sentenciados a muerte, pero con el paso del tiempo empezaron a escasear y algunos de los médicos tuvieron que echar mano de una serie de hábitos menos legales, dando comienzo a la época de los ladrones de cadáveres o resucitadores. Hasta llegar al punto de ofrecer un alto precio por estas sugerentes piezas con las que poder estudiar y experimentar.

Llegada a esta parte cronológica, surgen dos “muertos de hambre”, dos personajes ávidos de dinero y la buena vida: William Burke y William Hare. Gracias a sus respectivas parejas entrabaron una peculiar amistad que se segregaba en la opulenta sed de ambición de ambos, en una Edimburgo ahogada por la penuria.

William Burke y William Hare

Una noche, entre las múltiples borracheras protagonizadas por ambas parejas, el azar quiso cruzar la repentina muerte de uno de los vecinos del albergue donde vivía Burke con su mencionada ambición, casualmente un pobre vagabundo sin familia. Ambos esbirros intentaron aprovechar tal desliz para quedarse con el cuerpo del desgraciado mendigo con el fin de venderlo al mejor postor, ¿quién mejor que alguno de esos médicos? El doctor Knox, otra alma sin escrúpulos, fue el elegido, con un precio de siete libras y 10 chelines se cerró el trato.

Ambos compañeros se sorprendieron de su suerte y la prematura rapidez para conseguir un dinero fácil, lo equivalente a seis meses de duro trabajo. La diosa fortuna los había acompañado, pero conseguir más cadáveres era difícil en una Edimburgo con los cementerios totalmente vigilados, decidiendo que ellos mismos tenían que seguir con la diosa.

Fue el comienzo de una gran orgía de asesinatos a cambio de dinero, se transformaron  en una especie de chacales de la plata o demonios del vil metal. Con cada una de sus llegadas con un nuevo cadáver siempre eran recibidos con las manos abiertas por el doctor Knox, poco le importaba su procedencia al doctor, supiese o no la historia escondida tras su muerte.

El reguero de asesinatos no les pasó desapercibidos a la policía, entre 17 y 28 crímenes, con cada nuevo empezaban a estrechar el lazo contra los dos individuos. Las sospechas entre los vecinos por la opulenta vida de ambos acabaría con ellos. Todo ocurrió una noche en la que Burke se propasó en su habitación con una joven prostituta, la paliza, escuchada por sus vecinos fue denunciada a la policía. El cuerpo ya estaba vendido al doctor y cuando la policía interrogó a Burke relató que la sangre encontrada en su habitación correspondía a la menstruación de una joven. No contentos con eso, y con todas las sospechas del mundo, las miras de los policías recayeron en Hare, éste, tras ser interrogado durante horas y horas, lo negaba todo, hasta que la policía le puso sobre la mesa su libertad a cambio de delatar a Burke, Hare no dudó ni un instante y empezó a cantar su propia versión de la historia e inculpó como instigador y ejecutor de todos los asesinatos a Burke: “observamos a las curdas (víctimas) por las calles de Edimburgo y si nos parecía que nadie iba a advertir su ausencia trabábamos amistad y luego los matábamos para llevárselos al doctor Knox, el cuál nunca nos pregunto nada sobre la procedencia de los cuerpos.”

Burke murió en la orca. Al doctor Knox se le puso en libertad pero el desprestigio surgido tras el escándalo y el acaso de los familiares de las víctimas le obligaron huir a Londres, dónde terminó sus días hundido en la miseria. Las compañeras sentimentales de ambos también quedaron en libertad para ser protegidas por la propia policía para no ser linchadas. Y  Hare, gracias al acuerdo, se trasladó a vivir en libertad a Escocia, dónde fue reconocido por un grupo de obreros que le quemó en cal viva, para vivir sus últimos días, ciego y con la cara totalmente desfigurada.

Episodio 8.  Burke y Hare, los ladrones fabricadores de cadáveres.

Narrador: En una de las tabernas de las angostas calles de Edimburgo, se sitúan dos parejas de tortolitos, enfrascados en una altanera conversación, llenas de insultos e improperios entre unos y otros -es lo que tiene el alcohol, altera la sangre de cualquiera, y menos no iban a ser William Burke y William Hare-, eran acusados por sus respectivas cónyuges del escaso dinero que tenían, de la necesidad de un nuevo golpe de suerte como el anterior. Aquel que les reportó una suculenta recompensa por tan poco trabajo, o ninguno.

Hace unos pocos días, el azar les hizo chocar contra el cadáver de un vagabundo, recordando las habladurías que se comentaban en el barrio, se dirigieron a la casa del doctor Knox para cambiar ese entramado de huesos y músculos en otro más aprovechable, exactamente siete libras y diez chelines.

La controversia escondida tras la impureza del acto no causó ningún tipo de remordimientos en ninguno de los dos personajes, ambos estaban repletos de gallardía con los bolsillos llenos de dinero, pero los diversos comentarios de sus respectivas, sumado a que poco a poco el saco se estaba vaciando, dividió sus pensamientos en diversas meditaciones…

Harke: Deberíamos rondar por las calles o ir directamente a usurpar al cementerio.

Burke: Pero ceporro, no te das cuenta de qué están totalmente vigilados, nuestras posibilidades por ese camino son totalmente escasas. Al pasear por las calles miro a los ojos a esos desgraciados y harapientos ancianos o a la prostituta con dientes de conejo que alquila su cuerpo por un poco de pan, y pienso: ¿Quién va a preguntar por ellos si mañana no se cruzan en su camino? Nadie ignorante, nadie.

Esas son nuestras bolsas de dinero, ese es el camino correcto. Aprovecharnos de su desconsolada situación, arrebatarles el sufrimiento de su alma para quedarnos con su codiciado cuerpo.

Harke: Pero…

Burke: No existe pero qué valga, todo sea por un bien mayor.

Harke: De acuerdo.

Narrador: La decisión estaba tomada, no por ambos, Burke siempre tenía la extraña habilidad de conducir los actos de Harke en beneficio propio, desde el primer momento su instinto le hablaba de esa peculiar deficiencia en su personalidad. Ahora lo más importante era encontrar el producto adecuado.

Los días pasaban tan rápidamente como la intranquilidad en ambos hasta que apareció el pobre Joseph “el molinero”. Sin familia, sin amigos, con un cuerpo alto y fuerte que daría un buen peso; ¡era la pieza ideal!

Ambos se aproximaron animadamente a Joseph para invitarle a unas jarras de cerveza en la posada de la pareja de Harke, Margaret. Las cervezas se cambiaron por unos vasos de licor que fueron caldeando un poco más el ambiente. La razón de Joseph se iba nublando, momento en que aprovecharon para sujetarle y llevarle a una de sus habitaciones, le posaron sobre la cama, le sujetaron con una fuerza diabólica mientras Joseph se intentaba revolver cuando un almohadón se estrujaba sobre su cabeza para cederle su respiración. Ahogaban y ahogaban con más fuerza, con suma delicadeza para no dejar ni una marca de violencia sobre su cuerpo, y tras una intensa lucha, el cuerpo del desgraciado dejó de latir.

Como dos rayos amparados por la soledad nocturna se dirigieron a la puerta trasera del estudio del doctor Knox. Al rato, se les volvió a ver salir con 10 libras que llenaban sus bolsillos.

Burke: No ha estado mal, nada mal. Pensar en las diferentes dudas que hemos tenido para terminar disfrutando de un trabajo bien hecho. La siguiente ocasión no debemos dejar pasar tanto tiempo, además no está tan mal esto de asesinar, ¿no te parece Harke?

Harke: Bueno, sí…

Narrador: Sí, así ocurrió. Más de 17 crímenes atestiguan parte de la pasión con que se tomaron sus hábitos. Pasando de ser unos burdos “muertos de hambre” a unos crueles criminales. De matar para sobrevivir a disfrutar matando, así se podría resumir el paso que daban nuestros dos queridos amigos con cada nueva visceral sangría. Tornando su aptitud a una total indiferencia a la vida humana.  Su amistad se terminó a la primera dificultad, con ella llega la humillación y la burla.

Burke: Parecía un estúpido el atontado de Hare y mira por dónde me ha tomado la delantera. Asesinato tras asesinato creyendo que le manejaba a mi antojo para al final estamparme la puerta en la cara y terminar pagando por todas nuestras penas.

Bastardo desagradecido que no ha aguantado con la boca cerrada. Gracias a mi generosidad ha podido vivir los mejores días de su vida, pero los ha cambiado por una oferta que va a ser su desgracia y los ruidos de las trompetas para la mía.

Narrador: Harke delató a Burke forzado por la policía, acordó una supuesta libertad que a posteriori le condenó a una pena más dura que la soga blandida en el cuello de Burke.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 01-04-12:

Ladrones de cadáveres, Edgar Allan Poe y la fosa de las Marianas.

Introducción:

Los depredadores sexuales representan la encarnación cultural de los asesinos en serie. Muchas de esas encarnaciones están sujetas a inclinaciones fetichistas y sadomasoquistas Esa enfermiza desmesura da una sensación al individuo que no lo considera anormal, ayuda a ampliar sus actos más sádicos, sin olvidar, que el sadismo nos recuerda que el sexo no está relacionado solamente con la afirmación y creación vital; y que puede llegar a su contrario, es decir, a la aniquilación y la muerte. El ansia vital y el anhelo de la muerte son componentes de nuestra sexualidad. Y cuando se llevan a extremos los vicios o parafilias sexuales se confunden con lo real.

Esta serie de desviaciones en serial killers se suelen dar en hombres solitarios, con algún trauma en la infancia y una larga serie de estereotipos que suelen marcar el perfil de éste tipo de asesinos. Lo más inusual, es encontrarlo en casos femeninos –los impulsos que suelen mover a las mujeres son la venganza o la codicia-, aunque en las excepciones siempre sale a relucir alguna parafilia sexual que las mueve.

En el mes de enero de 1987, surge un hecho que pasa inadvertido a los ojos de todo el mundo, la muerte de una anciana. Nada especial en la Clínica de AncianosAlpine Manor” en Grand Rapids (Michigan, USA). Lo lógico y normal es que la muerte de una persona de avanzada edad, más con Alzheimer, fuese a causa de una forma natural.

Todo seguía su normalidad, las muertes de ancianas enfermas terminales se iban sucediendo, pero nadie en la clínica sospechaba nada. Incluso, un par de enfermeras se jactaban de que ellas eran las culpables de sus muertes. El resto de compañeros no se lo creían, decían que se trataba de una simple broma y seguían con su día a día de la manera más monótona.

Un día, el ex marido de una de estas enfermeras, Cathy Wood, acudió a la policía a contar la historia. El propio Ken Wood hablaba de su ex mujer como: “frívola, cambiante e impredecible”, decía que no expresaba ningún sentimiento materno hacía su hija. Años después, la propia Cathy, confesó tener un embarazo voluntario para poder escapar de casa.

Tras la declaración, los cadáveres de 5 ancianas fueron exhumados, y la cruda realidad apareció. La historia de ambas enfermeras era cierta: Gwendolyn Graham y Catherine May Wood iban a ser acusadas de sus muertes.

Catherine May Wood y Gwendolyn Graham
Catherine May Wood y Gwendolyn Graham

El matrimonio Wood se separa en 1986. Cathy Wood era la supervisora de la clínica de ancianos, tras la separación se enamora de su ayudante: Gwen Graham. Ésta había llegado de Texas con 22 años; siempre le gustaba sacar a relucir su lado masculino, mostraba graves cicatrices en los brazos, contando que se las había realizado en varias peleas. Nada más lejos de la realidad, tras una infancia donde se sentía abandonada, sufriendo abusos sexuales por parte de su padre, se auto-mutilaba, mostrando un claro síntoma de trastorno de personalidad.

Ambas, empezaron una relación lésbica, una de sus preferencias sexuales era la asfixia erótica. Experimentación que llevaron al máximo, y no contentas con eso, decidieron aumentar sus juegos sexuales hasta lindarlo con la muerte. Ningún sitio mejor que su propio trabajo: “Alpine Manor”, contaba con 200 camas, una media de 40 muertes por año; dónde la muerte de 5 pacientes no se tendrían en cuenta. Todas sus víctimas esperaban la muerte pero la alcanzaron de una forma que no esperaban.

Graham entro en la habitación de una de las ancianas, cuyo apellido empezaba por m, empezó a taparle la nariz y la boca con una toalla, y pese a su resistencia, aumentaba su excitación, asfixiándola hasta la muerte. Tras cada ritual, ambas enfermeras se iban a habitaciones desocupadas para practicar sexo y disfrutar de la emoción del momento.

Catherine May Wood

Catherine May Wood

Practicaban un juego del más macabro, elegían a sus víctimas según las iniciales de su apellido hasta llegar a formar la palabra “murder”. Graham guardaba trofeos de sus víctimas: joyas, prótesis dentales o calcetines; tal era la irrevelancia  que daban a sus fechorías que aparte de jactarse de sus crímenes, la propia Graham, guardaba los trofeos en su taquilla de la clínica.

Graham dejaba como tarjeta de visita la toalla con que las había asfixiado. Tras intentar asesinar a un anciano y fracasar en el intento, se concentraron en las féminas. Según algunas confesiones, su intención era el llegar a las 20 víctimas.

En 1987, la relación termina. Cathy se siente triste y desolada, acude a su ex marido a contarle toda la historia, es cuando Ken, 14 meses después, acude a la policía.

La policía llama a la puerta de Graham en Tyler (Texas). Testificó que se trataba de una broma macabra para asustar a sus compañeras, pero las pruebas eran irrefutables.

En el transcurso del juicio, Wood, se defendió inculpando totalmente a Graham, acusándola de ser la que planeaba y ejecutaba los crímenes, y ella se ocupada de distraer a los celadores. Graham seguía defendiendo que era una simple broma y que Wood mantenía la teoría de los asesinatos por ser una amante despechada.

Gwendolyn Graham

Gwendolyn Graham

El 3 de Noviembre de 1989, después de un juicio dónde los enfrentamientos dialécticos se turnaban entre ambas acusadas, se dictó la sentencia, condenando a 5 cadena perpetuas a Graham, sin posibilidad de libertad condicional; y de 20 a 40 años de prisión para Wood, con la primera oportunidad de salir en libertad en el año 2005.

Episodio 6.  Las enfermeras diabólicas.

Narrador: La apacible placidez se respira todas las mañanas en la Clínica de AncianosAlpine Manor”, a las orillas del Grand River, la ciudad de Grand Rapids, asentada en el condado de Kent del estado de Michigan, vive separada de la ebullición de los grandes sucesos que rompen la tranquilidad de otras grandes metrópolis financieras. El trasiego escondido por ser una de las primeras ciudades de los Estados Unidos en la fabricación de automóviles y camiones, no se ve reflejado en sus calles, estás viven en una quietud y sosiego utópicos.

Todo la tranquilidad se rompe en la primavera de 1988, Ken Wood acude a la policía para relatar la historia contada por su ex mujer. La narración nos cuenta un amor imposible que se desquebraja tras el final de la pasión, escondido tras un telón de crueldad que no mece ante ninguna pleitesía de clemencia.

Todo gira alrededor de la sosegada clínica de ancianos donde dos de sus enfermeras han firmado un pacto con el diablo que las han llevado hasta la locura.

Catherine May Wood: Hoy es la noche, después de lo que nos pasó con Christopher, sigo pensando en centrarnos en mujeres. Son mucho más tiernas y manejables, además, podemos disfrutar de todos sus atributos femeninos.

Gwendolyn Graham: Sí, ¡palpar sus pechos en el más alto estado de excitación hasta sentir como ceja su último aliento!, ¡mientras levantamos su perdido apetito sexual hasta alzarla a un altar de pasión y lujuria!

Catherine May Wood: Como cuando me ahogas con el pañuelo de satén hasta sacarme un exhausto orgasmo que desea seguir sintiendo el camino de la muerte…

Narrador: Nuestras enfermeras se dirigen a la habitación de la interna Mary Macdonalds, sigilosamente se acercan a su cama, no quieren despertar ninguna duda en la anciana, el ver a ambas junto a su camino podría dar lugar a suspicacias.

Gwendolyn Graham coge la toalla depositada en el regazo de la silla, la agarra fuertemente, acercándose al arrugado cuello de la anciana. Con una mano tapa su boca, y con la otra, rodea su cuello con la toalla, comienza a estrangularla con saña, gira la cabeza, observa cómo Cathy tiene su mano dentro del pantalón, sus ojos encendidos están en un elixir de excitación, mientras sus dedos se deslizan por su cuerpo, palpando sus labios del deseo, flotando y flotando hasta explotar en un mar acuoso de lascivia. Cathy, torna su mirada fijamente en las pupilas de Gwen, están totalmente dilatadas, estrujando su cuello hasta alcanzar su pleno descanso.

Abandonan la habitación mientras sus manos arremeten, acarician y aprietan las zonas estimulantes de la otra, se propinan unos largos besos, llenos de pasión y deseo, tras los que se esconden una maldad innata en ellas. Entran en una de las habitaciones libres, una se abalanza sobre la otra y continúan con sus juegos sexuales…

Al terminar, la estimulación termina, y la relajación llega a sus cuerpos. Están totalmente satisfechas, han llegado a la más alta cúspide erótica.

Gwendolyn Graham: Nunca pensé en estar tan orgullosa de mí misma. Muchos son los días encerrados en palabras opacas de deseos incumplidos. Hoy, ¡por fin! Esos deseos reprimidos han alcanzado su plenitud, llegando a una adolescencia con un futuro inmejorable. Ver tu cara mientras te corrías, justo en el momento que esa bruja se ha ahogado en sus propios vómitos, ha sido el momento álgido de nuestra relación. A partir de ahora, nuestros caminos estarán unidos en un estrecho urgir de deseo.

Catherine May Wood: ¡Ay, Gwen! Tenemos que repetirlo una y otra vez, deseo experimentar esa sensación hasta el óbito. Exprimir mi cuerpo, ¡hasta dejarlo seco de deseo!

Gwendolyn Graham: ¡Qué cerda eres!

Narrador: Abrazadas, fundiendo sus cuerpos en una sola persona, besándose continuamente mientras mantienen una relajada conversación, en sus cabezas, no para de rondar la idea de que llegue una nueva noche, para volver a experimentar lo vivido en esta.

Los rayos de sol alertan sus parpados, despiertan, abandonan el dormitorio, en la mesura de sus labios reluce la sonrisa diabólica de los ángeles de la muerte.

Introducción

Si inhumano es matar, más lo es, sin existir ningún motivo en especial, cuándo se convierte en algo monótono y mundano, siendo las bestias más bárbaras capaces de limar almas por pura diversión. Sin compasión, con la supremacía altanera que nos transforma en dioses calificados para extinguir vidas sin remordimientos. El llamado La bestia de Zhitomir, es un lobo sediento de nuestra piel de cordero, capaz de sustituir sus ansias de dominación con la muerte.

Soltero, padre de un niño, reconoció haber tenido una infancia muy difícil: su madre había muerto cuando él tenía 4 años, su padre y su hermano mayor lo habían abandonado en un orfanato donde creció en un ambiente muy hostil. Cuando salió del orfanato se enroló en la Marina Soviética, con la que viajó a lo largo del mundo. Uno de esos viajes le llevo a Rio de Janeiro, donde quedó cautivado por el Cristo de Corcovado, todas sus acciones criminales siempre estarían marcadas por una cruz, en referencia a esa imagen.

Fue bombero en la ciudad de Dneprorudnoye -dónde su ficha laboral le describe como un hombre “duro, pero justo”-. Estuvo ingresado en un hospital psiquiátrico. Emigró para trabajar de obrero durante un tiempo, pero confesó que su fuente primaria de ingreso era criminal: los robos y asaltos.

Comenzó su etapa criminal en 1989 cuando él y su cómplice, Sergei Rogozin, robaron y mataron a nueve personas. En la región de Zaporijia, Onoprienko da el alto a un coche, que le evita e intenta escapar, dispara y mata con una escopeta al conductor, para posteriormente asestarles a su mujer y dos hijos múltiples cuchillazos hasta la muerte.

Con la policía tras su pista, Onoprienko, puso tierra de por medio, abandona el país ilegalmente para recorrer Austria, Francia, Grecia, Dinamarca y Alemania, en dónde estaría seis meses arrestado por robo y luego sería expulsado. En el resto de los países que estuvo también obtuvo antecedentes criminales.

A finales de 1995 vuelve a Ucrania. En la Nochebuena del mismo año se produce el ataque a la familia Zaichenko. El padre, la madre y sus dos hijos asesinados, la casa incendiada Seis días después, la escena se repetía con otra familia de cuatro miembros. Las víctimas se suceden durante seis meses en las regiones de Odesa, Lvov y Dniepropetrovsk.

La bestia de Zhitomir

Anatoli Onoprienko, La bestia de Zhitomir

El modus operandi siempre era el mismo: elegía casas aisladas, mataba a los hombres con un arma de fuego, a las mujeres y los niños con un cuchillo, un hacha o un martillo. Siempre sin dejar vivo ninguno de los habitantes de la casa, después cortaba los dedos de las víctimas para sustraerles sus anillos y en algunas ocasiones quemaba las casas. Guardaba como trofeo la ropa interior usada por sus víctimas e incluso llego a regalar en una ocasión una de las prendas a su novia Ana.

El gobierno ucraniano envió a la Guardia Nacional con la misión de velar por la seguridad de los ciudadanos, sumando más de 2.000 investigadores entre las policías federal y local. Las averiguaciones policiales marcaron las pautas para un perfil de itinerarios del ladrón-asesino, llegando a la conclusión que era un hombre que viajaba por el sudoeste de Ucrania para visitar a su novia. La mayor parte de las familias vivían en remotas villas en la región de Lyov, cerca de la frontera con Polonia. En sus últimos tres meses de cacería, mató a cerca de 40 personas en las regiones de Bratkovivhi y Busk.

Todas las pistas marcaron a los apartamentos de su novia y hermano, la policía halló diversas pruebas que le inculpaban directamente: el rifle que usó en 40 de los asesinatos y 122 objetos pertenecientes a las víctimas, entre los que se encontraban artículos de joyería y diversos videos familiares de las víctimas. La policía le detuvo en la casa que compartía junto a su novia. Le pidió sus documentos, y éste, se revolvió, intento coger un arma y darse a la fuga, aunque su intento fue en vano. Cuando le detuvieron, Onoprienko se sentó y mirando a sus ojos y sonriendo les expreso: “Yo hablaré con un general, pero no con ustedes”.

El juicio comienza el 23 de noviembre de 1998, Onoprienko era acusado de cometer 52 asesinatos. Un numeroso público enfurecido esperaba a la puerta del juzgado pidiendo su cabeza, su calma contrastaba con el ambiente enaltecido.

Una declaración, entregada a la prensa antes de la apertura del juicio, decía que no se arrepentía de ninguno de los crímenes que había cometido y reconoció haber asesinado a 42 adultos y 10 niños, nueve de ellos con anterioridad a los investigados, acompañado de su compinche: Sergei Rogozin.

En sus diversas declaraciones afirmó que oía voces en su cabeza de unos “dioses extraterrestres” que lo consideraban como un ser “de nivel superior” y que le ordenaban llevar a cabo sus crímenes. Aseguró que poseía poderes hipnóticos, que era capaz de comunicarse con animales por telepatía y poder detener el corazón con la mente a través del yoga. También decía que todo estaba provocado por la influencia de la CIA y la Interpol. De sus diversas declaraciones podemos destacar algunas para identificar su aspecto personal más interno: “Mataba para eliminar a todos los testigos de mis robos”, “soy una persona única, hice cosas que nadie ha hecho. Son acontecimientos únicos”, “era muy sencillo, los veía de la misma forma que una bestia contempla a los corderos”, “ninguna de mis víctimas se opuso, armado o no, hombre o mujer, ninguno de ellos se atrevió a forcejear siquiera”, “un soldado que mata durante la guerra no ve a quien golpea” o “un ser humano no significa nada. He visto solo gente débil y comparo a los humanos con granos de arena, hay tantos que no significan nada”, son algunas de sus declaraciones vertidas durante el juicio. Incluso, en una ocasión, mató a una pareja y a sus 3 niños en su coche, se sentó junto al padre y condujo por el país con los 5 cuerpos, declarando: “Era absolutamente interesante”.

La bestia de Zhitomir

Anatoli Onoprienko, La bestia de Zhitomir

Los psiquiatras, sin embargo, diagnosticaron que Onoprienko estaba perfectamente “cuerdo”. El mismo Onoprienko resumía así la filosofía de su carnicería: “Para mí, matar, es como romper una colcha. Hombres, mujeres, ancianos, niños, todos son lo mismo. Nunca me he arrepentido por aquellos a quienes he matado. No amo, no odio, sólo ciega indiferencia. No los veo como individuos, sino como cosas”.

Fue condenado a cadena perpetua, en las fechas del juicio Ucrania firmó un acuerdo con la Comunidad Europea que prohíbe la pena de muerte. Una revisión posterior de su caso podría reducir su condena a 20 años. El mismo Onoprienko ha declarado que no va acudir a las audiencias para la reducción de sus condenas, manifiesta que debe ser ejecutado: “Si estoy libre de nuevo, comenzaré a matar otra vez. Pero en esta ocasión será peor, 10 veces peor. La necesidad esta aquí”, “si no me matan, escaparé de esta prisión y la primera cosa que haré será buscar a alguien y colgarlo de un árbol de los testículos”.

Episodio 6. Anatoli Onoprienko, La bestia de Zhitomir

Narrador:

El viento rasga las cortinas reportando un ligero movimiento que las hace bailar con los astros de la noche. La ventana semiabierta empieza a chirriar, avanza en la oscuridad como si un fantasma la empujase para abrir su figura al ocaso nocturno. No, no es un fantasma, es una bestia, es Anatoli, Anatoli Onoprienko. Lleva husmeando por los aledaños de la cabaña desde hace varios días, la familia Zaichenko es la ideal; marido, mujer y dos niños. Pernoctando pasó las dos fechas anteriores, está, la tercera, era la idónea para llevar a cabo una nueva cacería. Posa sus pies dentro de la cabaña, sus colmillos se afilan al oler el sudor humano, aguanta desde hace semanas sus ansias de aniquilar y en su interior recorren sus venas la sangre del deseo, del deseo de extinción humana. Progresa sigilosamente hasta posar sus zarpas en la habitación del matrimonio Zaichenko, entreabre la puerta, penetra dentro y se posa delante de su trono de descanso, balancea la escopeta del interior de su abrigo apunta a la cabeza del marido y ¡pum! ¡pum! ¡pum! Estómago, corazón y el centro del cerebro, la mujer se revuelve, no le da tiempo a inmutarse cuando su cuerpo se llena de líquido mortal, al instante tiene una bala avanzando hacía su corazón y deja de respirar. Los gritos de los niños, alertan al instinto de Anatoli, su sonrisa se tersa, aumentan sus latidos, uno de los niños entra en la habitación, agarra el hacha y le asesta un pulsado zarpazo al cuello, desquebrajándole y volando su infantil sesera al aire, cae en un sonoro quejido contra la madera ensangrentada, corre hasta el pasillo, dando un puntapié a la cabeza hasta golpear en el vacío silencio del hogar. En tres zancadas estrecha su mano al antebrazo de la otra pieza, clava sus uñas para detener su avanzar, empuña de nuevo el hacha, esta vez, punzando en su tronco, como si estuviese cortando leña en el despertar de Lyov, un inmenso chorro de sangre surca de su cuerpo llenando la cara de Anatoli de líquido deseo. Se relame, traga los restos del festín y decide continuar. Antes de abandonarles, saca un cuchillo y le arranca los dedos a la esposa, va a llevarse sus anillos, es más cómodo a carne suelta. Le quita su ropa interior, la huele y la guarda en el bolsillo de su gabardina, un bonito conjunto que será un buen suplemento para Ana.

Sus pensamientos se enredan en las imágenes de su novia con el recién desvalijado trofeo posado sobres las líneas de su cuerpo, a su espalda, las llamas del infierno inundan las estrellas.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 13-02-11:
Witkin, Verne, Gary Moore y La Bestia de Zhitomir

Introducción

Históricamente, los asesinos en serie intentan saciar sus más bajos instintos anidados a una multitud de perversidades: violaciones, maltrato animal, pedofilia, torturas, necrofilia, vampirismo, canibalismo… En esta ocasión, traemos a un personaje rodeado de un halo misterioso, ofuscado en un afán de protagonismo altamente egocentrista y diversificado en un cruel juego. Éste incluye un ritual donde los primeros protagonistas son los medios de comunicación, aprovechándose de su esmero por la codicia de los índices de audiencia, el vil metal o la presencia de la noticia. Mandaba cartas a los principales periódicos donde incluía una serie de pictogramas que inducían a la confusión, esbozando hechos que solo podía conocer el asesino y, en algunos casos, dando pistas falsas que activaban los mecanismos de burla del asesino.

Zodiac

Nos encontramos ante el asesino más enigmático de la era moderna del crimen. Excluyendo a “Jack, el Destripador”, el otro gran serial killer anónimo, el autobautizado Zodiac, está rodeado de una serie de actos que no nos aclaran cuáles eran sus objetivos, un mar de dudas inundan cada uno de sus movimientos, la alta interacción con los medios y los diversos departamentos de policía, indicaba la meta de ser apresado, pero su desarrollo criminal nos conduce a muchas otras incógnitas escondidas tras la máscara de su anonimato, del según la policía encargada del caso: “un criminal torpe, un mentiroso y, posiblemente, un homosexual latente”.

Su fama alcanzó derroteros insospechados, encontrando otros dos sangrientos copycat en New York y Japón, para engrandecer su figura. Siendo el segundo criminal en jugar con los medios tras “Jack, el Destripador”, curiosamente, ambos nunca identificados con fehaciencia.

Zodiac

Retrato robot de Zodiac

Todo empezó la noche del 4 de julio de 1969, una llamada telefónica alertaba al departamento de policía de dos crímenes, las muertes de Darlene Ferrin –de 22 años- y Mike Mageau –de 19 años-, la voz tras el micrófono se autoinculpaba de los delitos. También se adjudicó otros dos crímenes sin resolver, el asesinato de David Arthur Faraday –de 17 años- y Betty Lou Jensen –de 16 años, ambos asesinados a balazos por un arma del calibre 22. Nuestro asesino apuntó pistas que solo podía conocer el criminal, asegurando su culpabilidad a los policías. Días después, el asesino amplio sus lazos a la prensa, escribiendo tres cartas a los periódicos: Vallejo Times Herald, San Francisco Chronicle y San Francisco Examiner, estaban escritas con rotulador y con abundantes faltas de ortografía, incluyendo nuevas pistas, dando crédito a los tres asesinatos e incluyendo un extraño criptograma de 360 caracteres, el cual, afirmaba contenía su identidad. Exigía que las cartas fuesen impresas en la primera página o iniciaba una masacre asesina durante el fin de semana.

Las cartas se llegaran a publicar y los aficionados a los criptogramas, Donald y Bettye Harden de Salinas en California, descifraron las siguientes palabras que no contenían la identidad del asesino:

Criptograma

Criptograma mandado a diversos periódicos por Zodiac

Me gusta matar gente porque es mucho más divertido que matar animales salvajes en el bosque, porque el hombre es el animal más peligroso de todos. Matar algo es la experiencia más excitante, es aún mejor que acostarse con una chica, y la mejor parte es que cuando me muera voy a renacer en el paraíso y todos los que he matado serán mis esclavos. No daré mi nombre porque ustedes tratarán de retrasar o detener mi recolección de esclavos para mi vida en el más allá…”.

Los últimos 18 códigos nunca se han descifrado y la carta se cerraba con un símbolo similar a una mira –una cruz cerrada en un círculo-. A los pocos días se recibió una nueva carta, con nuevos datos y firmando por primera vez como Zodiac.

Las siguientes víctimas, de nuevo, apuntaron a una pareja joven compuesta por Bryan Hartnell y Cecelia Sheppard, Zodiac cambió el modus operandi, utilizando un cuchillo, dando 10 puñaladas a la mujer y 6 al hombre, pero esta vez algo fallo, el hombre pudo sobrevivir introduciendo una serie de datos nuevos a la investigación: “Era un hombre de constitución fuerte y de unos 180 cms de estatura, se presentó con capucha y una especie de manto negro sobre el pecho que contenía el símbolo de la mira, dijo haber escapado de una prisión de Colorado y que necesitaba el coche para irse a México”. Otro acto de ego, fue el marcar con la navaja en la puerta del automóvil de Hartnell: “Vallejo 12-20-68, Sept 27-69-6:30”.

Mensaje Zodiac

Mensaje marcado en la puerta del coche de Hartnell

La séptima y última víctima oficial de Zodiac fue el taxista Paul Lee Stine, el 11 de octubre de 1969, muerto por el disparo de una 9 mm. en medio de la cabeza, cambiando otra vez el patrón de los crímenes. El 14 de octubre de 1969, el Chronicle recibió una nueva carta de Zodiac, conteniendo una muestra de la camisa de Paul Stine. Días después, llamó al Departamento de Policía de Oakland exigiendo hablar en directo en un programa de televisión con un abogado.

Escribió nuevas cartas, con diversos criptogramas sin poder llegar a traducirlos. Se pierde la pista de Zodiac en 1974, aunque diversas cartas y postales se le han atribuido.

No fueron solo estás siete víctimas las que se imputo Zodiac. Algunos investigadores, afirman que pudieron llegar hasta 50 las víctimas, el propio asesino se atribuye a través de sus cartas 37 crímenes. Tenían algo que le podían conectar con él, pero nunca se llego a probar nada e incluso podría ser un mecanismo de distracción y parte del juego de Zodiac. La policía llegó a manejar una lista de 2.500 sospechosos. Rick Marshall fue uno de ellos, tenía un alto parecido con su retrato robot y vivía en la zona del asesino. Lawrence Kane también reunía algún que otro requisito. Michael O´Hare, Ted Kaczynski y Bruce Davis, también estaban en los primeros de los puestos. Pero en el primer lugar nos encontramos a Arthur Leigh Allen, un pedófilo que estuvo en prisión entre rejas a mediados de los 70, justo cuando Zodiac dejó de actuar. Allen llevaba un reloj de la marca Zodiac, con el símbolo que utilizaba el asesino para firmar y, además, era admirador de la película “El malvado Zaroff”, citada por Zodiac en sus cartas; casualmente, el film nos habla de un conde que mataba personas por diversión. Allen falleció en 1992, nunca pudo ser señalado oficialmente como culpable ni siquiera comparando su ADN con las muestras obtenidas en las cartas. El máximo defensor de la culpabilidad de Allen, es el ex-caricaturista del Chronicle, Robert Graysmith, que vivió obsesionado por la identidad de Zodiac durante 17 años, culminando su investigación con el best-seller: Zodiac, el asesino del zodíaco.

El caso se archivó en 2004, abriéndose de nuevo en 2007, tras los nuevos datos que salieron a la luz para resolver el enigma de Zodiac. Dennis Kaufman dice que su padrastro, Jack Tarrance, es Zodiac, incluso tiene una página web con fotografías, dibujos y algunas evidencias que inciden en su culpabilidad, todo ello no quiere decir de la veracidad de sus manifestaciones, ¿otro para apuntarse al carro de la fama? En esta misma dirección va Deborah Pérez, asegurando en 2009, que su padre, Guy Ward Hendrickson, era Zodiac, diciendo poseer las gafas que no encontraron en la escena del crimen del taxista, atestiguando que ella misma escribió una de las cartas, sin conocer el objetivo, y afirmando poseer pruebas de ADN para identificarlo como Zodiac. Y las teorías más disparatadas hablan que Zodiac es hijo de extraterrestres.

Muchas son las dudas que nunca van a poder ser resueltas sobre la vida y obra de Zodiac, la única respuesta, es saber que su máximo objetivo fue alcanzado: la fama.

Episodio 5. Zodiac, el asesino del zodiaco

Narrador:

Lleno de incertidumbre le encontramos, nervioso, sin parar de girar la esfera de su reloj Zodiac. El tiempo pasa, su sed, no. Hace más de diez años, dejó de escribir a la prensa, al agente Avery o el listillo de Graysmith, ¡qué lejos estaban de la verdad! ¿o no tan lejos?

El recorrer de los días le han hecho una persona más precavida, más iniciada en el arte de lo recóndito. Tras nuevo amanecer se sigue alimentando su interior de esas ansias en ser el epicentro, ¡cómo en los viejos tiempos! Cuándo era portada de todos los periódicos e informativos, cuándo sacudía de terror las calles de California y toda la nación. Podía alimentar el hambre con los recuerdos, pero su afán de revivir esos tiempo no desaparecía. Si hubiese querido, su nombre permanecería en los más altos altares de la eternidad, simplemente, se llenaba sabiendo él la verdad, mirándose al espejo y reconocerse como Zodiac.

Nunca se lo tomó en serio, simplemente como un juego para determinar cuáles eran sus límites, descubrir cuánto podía estirar la goma, para en el momento justo desaparecer y en determinados momentos dar unas ligeras pinceladas de perversidad irrisoria. Su divertimento consistía en un cruel juego en el que introducía a la policía, prensa y televisión, mandando falsas amenazas, induciendo a pensar que era un idiota, escribiendo como un vulgar campesino y logrando una atmosfera misteriosa que rodease a su persona. Se hacía ver como un personaje torpe y distraído, pero su mayor sorpresa era cuándo se daban cuenta de su cruel juego. Vivía la emoción después del crimen, llenando su ego con las más altas esferas de divertimento.

Proyectaba su película favorita: “El malvado Zaroff”, se sentaba en su sillón repleto de revistas pornográficas e imagina mientras la visionaba como sería el próximo crimen: ¿revolver o cuchillo?, o ,¿una soga al cuello? Fue cogiendo gusto al asesinato, escenificándolos, aumentando su dosis de teatralidad, incluso, llegando a dejar libre a una de sus víctimas, ¡qué divertido sería el relato del muchacho! Se imaginaba al chico ante la policía, relatando como un hombre con capucha, con una especia de mantón negro con el símbolo de una mira en el centro había asesinado a su novia.

Como cuándo amenazó con poner una bomba en un autobús escolar, todo San Francisco alterado por su culpa, ¿se creían qué estaba tan loco como para explotar un autobús lleno de niños? ¡Pues no! Era mucho más inteligente que eso. Era un riesgo innecesario, con la capacidad de atención se conformaba, no necesitaba entrar en otros fuegos de artilugios.

Algunos se olvidaron, otros no podían dejar de pensar en él, pero todo la atención recibida fue suficiente para desaparecer en el momento justo, en el momento que respiraban en su nuca. Decidió mandar algunas cartas con una escondida despedida, asestando un último mazazo a las personas justas, riéndose ante ellos, sabiendo quién era pero sin poder demostrarlo. Y con eso se contento.

¡No perdurara su nombre pero sí su obra como Zodiac!

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 24-01-11:
Agatha Christie y el asesino del zodiaco

Javier Rosado, el asesino del rol

Introducción

Los medios de comunicación tienen la tendencia a satanizar las películas o videojuegos extremadamente violentos, recordando que dentro de la capacidad de cada uno está la de analizar y separar la realidad de la fantasía o virtualidad. Muchas veces, algunos de los casos más modernos de aspirantes a asesinos en serie, están escondidos ante lo anteriormente comentado. Tenemos asesinos con catana basándose en el videojuego Final Fantasy, un demente que mata a 32 personas copiando la película Old Boy o supuestos roleros que empiezan un juego mortal. Estos grandes medios esconden sus manipulaciones en los puntos más débiles, intentan excusar su falta de autorregulación educativa en la supuesta violencia de algunos videojuegos o películas, cuando observamos, día a día, la falta de ideales, educación y señorío en el 99% de sus producciones en televisión. No se puede criticar de lo que se carece.

El caso de Javier Rosado y Félix Martínez, no tiene nada que ver con el rol, solo es él adalid para llevar a cabo el mal. Su falta de empatía emocional y su carácter manipulador y egocentrista, no está ligado a ningún tipo de intelecto, ninguno de los dos confundió su camino, sus ansias de diversión, crueldad y maldad, estaba delante de ellos cruzándose o no el rol en su vespertino despertar.

La acción se produce el 30 de abril de 1994, en una parada de autobús del barrio madrileño de Hortaleza, es asesinado Carlos Moreno, un empleado de limpieza de 52 años, dos jóvenes estudiantes: Javier Rosado (21 años) y Félix Martínez Reséndiz (17 años), acaban con su vida.

Carlos Moreno

Carlos Moreno, la única víctima del "asesino del rol"

El “juego” marcaba que debían encontrar una víctima antes de las tres de la madrugada. Primero habían escogido a una mujer pero tras varios intentos fallidos, apareció Carlos Moreno, para el interludio de entre las 3 y las 5 de la madrugada, las normas establecían que el siguiente objetivo debía ser un hombre “regordete” y “estúpido”.

Primero le pidieron su dinero, tras llevarlo a un descampado, le asestaron 19 cuchilladas entre múltiples forcejeos, tras poco más de 15 minutos la víctima alcanzo la muerte. Después, ya en casa de Rosado, ambos blindaron y se fumaron un puro felicitándose por el crimen. Alcanzaron una paz espiritual total, habían cumplido con su deber y atendido una necesidad elemental de ambos. Empezaron a planear un nuevo crimen.

Tiempo más tarde, el conductor de un autobús descubrió entre los matorrales cercanos a la parada el cuerpo de Carlos Moreno sádicamente asesinado. La policía encontró 60.000 pesetas en uno de sus bolsillos, un reloj que no pertenecía a la víctima, pelos de un sospechoso en sus uñas y un trozo de un guante de látex.

Rosado y Martínez se jactaban ante sus amigos de que eran los autores del crimen y que el “juego” solo acaba de empezar. Animándolos a unirse a ellos, uno de los amigos acudió a un sacerdote, éste le aconsejo contárselo a sus padres, y éstos acudieron a la policía. La policía los detuvo cuando Martínez y Rosado habían ya comprado los guantes de látex y se encaminaban a por su segunda pieza de caza. En el dormitorio de Rosado encontraron una biblioteca con más de 3.000 volúmenes con diversos ejemplares con manuales de ocultismo, obras del Marqués de Sade y Adolf Hitler, revistas paranormales, quince cuchillos y lo que alarmo a la prensa y puso en tela de juicio a todos los amantes del rol: abundantes manuales de rol. Y la prueba crucial durante el juicio: el diario de Javier Rosado.

Este asesinato no tuvo un móvil concreto, aunque se intentó relacionar con un supuesto “juego de rol” llamado Razas, producto de la enfermiza mente de Javier Rosado. El hecho de que Carlos Moreno fuera “gordito” le convertiría en la víctima de su locura asesina. Tanto el nombre como la temática racista de este “juego” se explican perfectamente si se tiene en cuenta la ideología supremacista de estos dos jóvenes, algo omitido por muchos medios de comunicación. Incluso se jacta de la mala suerte de Carlos Moreno: “Pobre hombre, no merecía lo que le pasó. Nosotros buscábamos adolescentes y no pobres obreros. En fin, la vida es muy ruin. Calculo un 30% de posibilidades de que nos atrapen. Si lo hacen será por irse de la lengua. La próxima vez le tocará a una chica… y lo haremos mucho mejor”.

Javier Rosado

Javier Rosado, el "asesino del rol"

Durante el juicio, Rosado no hizo uso de la palabra, se limitaba a asistir a las sesiones como un mero espectador, tomaba notas en una libreta, y en alguna ocasión, sacó a relucir una sonrisa escalofriante. Escuchaba las palabras de distintos psiquiatras, diciendo que era un psicópata sin posibilidad de ninguna adaptación sociedad, él se mostraba impasible ante tales palabras. De repente, Rosado se levanto y se dirigió al estrado para declarar: “Dijeron (los forenses) que había un tipo de heridas realizadas con más entusiasmo, hechas por un gran cuchillo, y otras más pequeñas, hechas con menos fuerza realizadas por un arma más pequeña. Según ellos, el arma grande provoco el 90% de la muerte, y la otra sólo el 10%. Pues el que llevaba el cuchillo pequeño era yo. Es decir, que tenía menos ansias de matar”. Ese fue el momento que se declaraba culpable pero también inculpaba a su compañero: “Desde el principio siempre se me ha puesto a mí como un psicópata, mientras que el señor Félix, que tiene tres años menos que yo, es siempre un pobre hombre. Si a los dos se nos acusa del mismo crimen, ¿Por qué es a mí al que realizan los test psicológicos encaminados a determinar la personalidad del psicópata?, ¿por qué no se los hacen también al señor Félix?”. En esta declaración también manifiesta su repugnancia por los juegos de rol y el hecho de que él sólo había jugado a Razas. Durante el juicio declaró además que ni Razas ni los juegos de rol tenían ninguna relación con el crimen. Rosado también declaró que era una esquizofrénico paranoide, que había nacido con 17 años y que en su interior convivían 43 personalidades diferentes, cada una de ellas con reglas y valores distintos.

Javier Rosado sería condenado en febrero de 1997 a 42 años y 2 meses, mientras que Félix Martínez, menor de edad en el momento de cometer el crimen, fue condenado a 12 años y 9 meses. A Rosado se le demonizó como el cerebro del crimen que había llevado tras de sí a un menor sugestionable. Además, la condena establece que Javier Rosado padece un trastorno de personalidad psicopatía sádica, aunque los psiquiatras no lograron ponerse de acuerdo sobre el verdadero estado mental de Rosado ni durante la instrucción del juicio ni durante la vista oral. Hecho destacado es que la familia de la víctima tuvo claro desde el primer momento que los juegos de rol no habían tenido nada que ver con el caso, llegando a participar en concentraciones que los diversos colectivos de jugadores organizaron pocos días después de la detención de Rosado y Martínez para defender el buen nombre de su afición. A raíz de este crimen se rodaron varias películas como “Nadie conoce a nadie” (1999) de Mateo Gil o “El corazón del guerrero” (1999) de Daniel Monzón, con el tema del “rolero asesino” que se convertiría además en figura habitual de varios telefilmes y series de televisión.

En sus primeros días en prisión, llegó a pedir a los funcionarios de prisiones que le facilitaran un juego de rol e incluso con sus compañeros de módulo alardeaba de ser “el asesino del rol”. Durante los siguientes meses y años en prisión, empezó a trabajar como auxiliar de biblioteca en “el módulo de la UNED” de la cárcel del Soto de Real en Madrid. Rodeado de presos estudiantes y universitarios acabó Químicas –en la rama de Medio Ambiente- con un buen expediente académico, decidió continuar su formación y se licenció también en Matemáticas e Ingeniería Técnica Informática.

El 5 de enero de 2008 la Audiencia Provincial de Madrid concede a Rosado el tercer grado penitenciario y durante el año 2010 alcanza la plena libertad, con tan solo 36 años y 13 años de condena.

Según Pedro Martínez, teniente fiscal del Tribunal Superior de Justicia: “Javier Rosado es un psicópata, carece de empatía, su inteligencia no es emocional sino descriptiva y carece de sentimientos, pero a la vez es muy inteligente y puede penetrar tu mente e imaginar qué piensas, aunque es incapaz de saber cómo te sientes” y “es un gran manipulador de emociones ajenas, y creemos que se entregó al crimen no para liberar tensiones emocionales, sino como deleite”.

Félix Martínez obtuvo el tercer grado penitenciario, y, posteriormente, la libertad, en 1999. Vive en Berlín (Alemania), intentado aislarse de los medios de comunicación.

Nos queda una gran duda, ¿continuará el juego?

Episodio 3. Javier Rosado, el asesino del rol

Narrador:

Apuntes reales del diario de Javier Rosado.

Javier Rosado:

Salimos a la una y media. Habíamos estado afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos. Nos pusimos ropa vieja en previsión de la que llevaríamos quedaría sucia. Quedamos en que yo me lanzaría desde atrás y agarraría a la víctima mientras mi compañero le debilitaba con un gran cuchillo. El mío era pequeño pero muy afilado, fácil de disimular y manejar, ya que debía cortarle el cuello. Yo sería quien matase la primera víctima.

No sabíamos qué hacer cuando vimos a una persona andar hacia la parada. Era gordito y mayor, tío y con cara de tonto, y nos planteamos esta última oportunidad. Lo planeamos entre susurros: sacaríamos los cuchillos al llegar a la parada, simularíamos un atraco y le pediríamos que nos ofreciera el cuello (no tan directamente, claro). Entonces yo le metería mi cuchillo en la garganta y mi compañero le apuñalaría en el costado… ¡Simple!, desde el principio me pareció un obrero, un pobre desgraciado que no merecía la muerte. Era rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpear, barba de tres días, una bolsita que parecía contener ropa, y una papeleta imaginaria que decía “quiero morir” menos acusada de ls normal. Si hubiera sido nuestra primera posibilidad, allá a la una y media, no le hubiera pasado nada, pero… ¡así es la vida!

Le dije que levantara la cabeza y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado de sorpresa y terror. Nos llamó “hijos de puta”. Volví a clavarle el cuchillo en el cuello, pero me daba cuenta de que no le estaba haciendo prácticamente nada, excepto abrirle una brecha por la que empezaba a sangrar. Mi compañero ya había comenzado a debilitarle con puñaladas en el vientre y en los miembros, pero ninguna de ellas era realmente importante. Sólo le distraían del verdadero peligro que era yo. Decidí cogerle por detrás e inmovilizarle para que mi compañero le matara. La presa redobló sus forcejeos, pero estábamos en la situación ideal conmigo sujetándole y mi amigo dándole puñaladas. Empezó a cabrearme el hecho de que no se muriera. Seguí intentado sujetarle y mis manos encontraron su cuello, y en él una de las brechas causadas por mi cuchillo. Metí por ella una de mis manos y empecé a desgarrar, arrancando trozos de carne, arañándome las manos en mi trabajo…era espantoso. ¡Lo que tarda en morir un idiota! Llevábamos casi un cuarto de hora machacándole y seguí intentado hacer ruidos. ¡Qué asco de tío! Mi compañero me dijo que le había sacado las tripas. Vi una porquería blanquecía saliéndose de donde tenía el ombligo y pensé. ¡Cómo me paso! Redoblé mis esfuerzos y me alegré cuando pude agarrarle la columna vertebral y empecé a tirar de ella. No cesé hasta descoyuntársela. Nuestra presa seguí viva y emitía un sonido similar a las gárgaras, insistentemente y cada poco tiempo. Le dije a mi compañero que le cortara la cabeza para que dejara de hacer ruido. Escuché un “ñiqui, ñiqui” y quejas de mi amigo de que el hueso era muy duro. A la luz de la luna contemplamos nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano. Me miré a mi mismo y me descubrí absoluta y repugnantemente bañado en sangre. A mi compañero le pareció acojonante, y yo lamenté no poder verme a mí mismo o hacerme una foto. Uno no puede pensar en todo…