Posts etiquetados ‘mentes perversas’

Introducción:

En post del avance médico se hacen multitud de barbaridades, más aún en tiempos que todavía gobernaba el salvajismo, más en un siglo XIX donde reinaba en muchas zonas de Gran Bretaña la podredumbre y el hambre. La investigación y el estudio de la medicina estaban en auge, para poder desarrollarla necesitaban un alto número de cuerpos humanos, éstos se conseguían a través de cadáveres. Una práctica que en principio era legal, aprovechando los cuerpos de los reos sentenciados a muerte, pero con el paso del tiempo empezaron a escasear y algunos de los médicos tuvieron que echar mano de una serie de hábitos menos legales, dando comienzo a la época de los ladrones de cadáveres o resucitadores. Hasta llegar al punto de ofrecer un alto precio por estas sugerentes piezas con las que poder estudiar y experimentar.

Llegada a esta parte cronológica, surgen dos “muertos de hambre”, dos personajes ávidos de dinero y la buena vida: William Burke y William Hare. Gracias a sus respectivas parejas entrabaron una peculiar amistad que se segregaba en la opulenta sed de ambición de ambos, en una Edimburgo ahogada por la penuria.

William Burke y William Hare

Una noche, entre las múltiples borracheras protagonizadas por ambas parejas, el azar quiso cruzar la repentina muerte de uno de los vecinos del albergue donde vivía Burke con su mencionada ambición, casualmente un pobre vagabundo sin familia. Ambos esbirros intentaron aprovechar tal desliz para quedarse con el cuerpo del desgraciado mendigo con el fin de venderlo al mejor postor, ¿quién mejor que alguno de esos médicos? El doctor Knox, otra alma sin escrúpulos, fue el elegido, con un precio de siete libras y 10 chelines se cerró el trato.

Ambos compañeros se sorprendieron de su suerte y la prematura rapidez para conseguir un dinero fácil, lo equivalente a seis meses de duro trabajo. La diosa fortuna los había acompañado, pero conseguir más cadáveres era difícil en una Edimburgo con los cementerios totalmente vigilados, decidiendo que ellos mismos tenían que seguir con la diosa.

Fue el comienzo de una gran orgía de asesinatos a cambio de dinero, se transformaron  en una especie de chacales de la plata o demonios del vil metal. Con cada una de sus llegadas con un nuevo cadáver siempre eran recibidos con las manos abiertas por el doctor Knox, poco le importaba su procedencia al doctor, supiese o no la historia escondida tras su muerte.

El reguero de asesinatos no les pasó desapercibidos a la policía, entre 17 y 28 crímenes, con cada nuevo empezaban a estrechar el lazo contra los dos individuos. Las sospechas entre los vecinos por la opulenta vida de ambos acabaría con ellos. Todo ocurrió una noche en la que Burke se propasó en su habitación con una joven prostituta, la paliza, escuchada por sus vecinos fue denunciada a la policía. El cuerpo ya estaba vendido al doctor y cuando la policía interrogó a Burke relató que la sangre encontrada en su habitación correspondía a la menstruación de una joven. No contentos con eso, y con todas las sospechas del mundo, las miras de los policías recayeron en Hare, éste, tras ser interrogado durante horas y horas, lo negaba todo, hasta que la policía le puso sobre la mesa su libertad a cambio de delatar a Burke, Hare no dudó ni un instante y empezó a cantar su propia versión de la historia e inculpó como instigador y ejecutor de todos los asesinatos a Burke: “observamos a las curdas (víctimas) por las calles de Edimburgo y si nos parecía que nadie iba a advertir su ausencia trabábamos amistad y luego los matábamos para llevárselos al doctor Knox, el cuál nunca nos pregunto nada sobre la procedencia de los cuerpos.”

Burke murió en la orca. Al doctor Knox se le puso en libertad pero el desprestigio surgido tras el escándalo y el acaso de los familiares de las víctimas le obligaron huir a Londres, dónde terminó sus días hundido en la miseria. Las compañeras sentimentales de ambos también quedaron en libertad para ser protegidas por la propia policía para no ser linchadas. Y  Hare, gracias al acuerdo, se trasladó a vivir en libertad a Escocia, dónde fue reconocido por un grupo de obreros que le quemó en cal viva, para vivir sus últimos días, ciego y con la cara totalmente desfigurada.

Episodio 8.  Burke y Hare, los ladrones fabricadores de cadáveres.

Narrador: En una de las tabernas de las angostas calles de Edimburgo, se sitúan dos parejas de tortolitos, enfrascados en una altanera conversación, llenas de insultos e improperios entre unos y otros -es lo que tiene el alcohol, altera la sangre de cualquiera, y menos no iban a ser William Burke y William Hare-, eran acusados por sus respectivas cónyuges del escaso dinero que tenían, de la necesidad de un nuevo golpe de suerte como el anterior. Aquel que les reportó una suculenta recompensa por tan poco trabajo, o ninguno.

Hace unos pocos días, el azar les hizo chocar contra el cadáver de un vagabundo, recordando las habladurías que se comentaban en el barrio, se dirigieron a la casa del doctor Knox para cambiar ese entramado de huesos y músculos en otro más aprovechable, exactamente siete libras y diez chelines.

La controversia escondida tras la impureza del acto no causó ningún tipo de remordimientos en ninguno de los dos personajes, ambos estaban repletos de gallardía con los bolsillos llenos de dinero, pero los diversos comentarios de sus respectivas, sumado a que poco a poco el saco se estaba vaciando, dividió sus pensamientos en diversas meditaciones…

Harke: Deberíamos rondar por las calles o ir directamente a usurpar al cementerio.

Burke: Pero ceporro, no te das cuenta de qué están totalmente vigilados, nuestras posibilidades por ese camino son totalmente escasas. Al pasear por las calles miro a los ojos a esos desgraciados y harapientos ancianos o a la prostituta con dientes de conejo que alquila su cuerpo por un poco de pan, y pienso: ¿Quién va a preguntar por ellos si mañana no se cruzan en su camino? Nadie ignorante, nadie.

Esas son nuestras bolsas de dinero, ese es el camino correcto. Aprovecharnos de su desconsolada situación, arrebatarles el sufrimiento de su alma para quedarnos con su codiciado cuerpo.

Harke: Pero…

Burke: No existe pero qué valga, todo sea por un bien mayor.

Harke: De acuerdo.

Narrador: La decisión estaba tomada, no por ambos, Burke siempre tenía la extraña habilidad de conducir los actos de Harke en beneficio propio, desde el primer momento su instinto le hablaba de esa peculiar deficiencia en su personalidad. Ahora lo más importante era encontrar el producto adecuado.

Los días pasaban tan rápidamente como la intranquilidad en ambos hasta que apareció el pobre Joseph “el molinero”. Sin familia, sin amigos, con un cuerpo alto y fuerte que daría un buen peso; ¡era la pieza ideal!

Ambos se aproximaron animadamente a Joseph para invitarle a unas jarras de cerveza en la posada de la pareja de Harke, Margaret. Las cervezas se cambiaron por unos vasos de licor que fueron caldeando un poco más el ambiente. La razón de Joseph se iba nublando, momento en que aprovecharon para sujetarle y llevarle a una de sus habitaciones, le posaron sobre la cama, le sujetaron con una fuerza diabólica mientras Joseph se intentaba revolver cuando un almohadón se estrujaba sobre su cabeza para cederle su respiración. Ahogaban y ahogaban con más fuerza, con suma delicadeza para no dejar ni una marca de violencia sobre su cuerpo, y tras una intensa lucha, el cuerpo del desgraciado dejó de latir.

Como dos rayos amparados por la soledad nocturna se dirigieron a la puerta trasera del estudio del doctor Knox. Al rato, se les volvió a ver salir con 10 libras que llenaban sus bolsillos.

Burke: No ha estado mal, nada mal. Pensar en las diferentes dudas que hemos tenido para terminar disfrutando de un trabajo bien hecho. La siguiente ocasión no debemos dejar pasar tanto tiempo, además no está tan mal esto de asesinar, ¿no te parece Harke?

Harke: Bueno, sí…

Narrador: Sí, así ocurrió. Más de 17 crímenes atestiguan parte de la pasión con que se tomaron sus hábitos. Pasando de ser unos burdos “muertos de hambre” a unos crueles criminales. De matar para sobrevivir a disfrutar matando, así se podría resumir el paso que daban nuestros dos queridos amigos con cada nueva visceral sangría. Tornando su aptitud a una total indiferencia a la vida humana.  Su amistad se terminó a la primera dificultad, con ella llega la humillación y la burla.

Burke: Parecía un estúpido el atontado de Hare y mira por dónde me ha tomado la delantera. Asesinato tras asesinato creyendo que le manejaba a mi antojo para al final estamparme la puerta en la cara y terminar pagando por todas nuestras penas.

Bastardo desagradecido que no ha aguantado con la boca cerrada. Gracias a mi generosidad ha podido vivir los mejores días de su vida, pero los ha cambiado por una oferta que va a ser su desgracia y los ruidos de las trompetas para la mía.

Narrador: Harke delató a Burke forzado por la policía, acordó una supuesta libertad que a posteriori le condenó a una pena más dura que la soga blandida en el cuello de Burke.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 01-04-12:

Ladrones de cadáveres, Edgar Allan Poe y la fosa de las Marianas.

Introducción:

Los depredadores sexuales representan la encarnación cultural de los asesinos en serie. Muchas de esas encarnaciones están sujetas a inclinaciones fetichistas y sadomasoquistas Esa enfermiza desmesura da una sensación al individuo que no lo considera anormal, ayuda a ampliar sus actos más sádicos, sin olvidar, que el sadismo nos recuerda que el sexo no está relacionado solamente con la afirmación y creación vital; y que puede llegar a su contrario, es decir, a la aniquilación y la muerte. El ansia vital y el anhelo de la muerte son componentes de nuestra sexualidad. Y cuando se llevan a extremos los vicios o parafilias sexuales se confunden con lo real.

Esta serie de desviaciones en serial killers se suelen dar en hombres solitarios, con algún trauma en la infancia y una larga serie de estereotipos que suelen marcar el perfil de éste tipo de asesinos. Lo más inusual, es encontrarlo en casos femeninos –los impulsos que suelen mover a las mujeres son la venganza o la codicia-, aunque en las excepciones siempre sale a relucir alguna parafilia sexual que las mueve.

En el mes de enero de 1987, surge un hecho que pasa inadvertido a los ojos de todo el mundo, la muerte de una anciana. Nada especial en la Clínica de AncianosAlpine Manor” en Grand Rapids (Michigan, USA). Lo lógico y normal es que la muerte de una persona de avanzada edad, más con Alzheimer, fuese a causa de una forma natural.

Todo seguía su normalidad, las muertes de ancianas enfermas terminales se iban sucediendo, pero nadie en la clínica sospechaba nada. Incluso, un par de enfermeras se jactaban de que ellas eran las culpables de sus muertes. El resto de compañeros no se lo creían, decían que se trataba de una simple broma y seguían con su día a día de la manera más monótona.

Un día, el ex marido de una de estas enfermeras, Cathy Wood, acudió a la policía a contar la historia. El propio Ken Wood hablaba de su ex mujer como: “frívola, cambiante e impredecible”, decía que no expresaba ningún sentimiento materno hacía su hija. Años después, la propia Cathy, confesó tener un embarazo voluntario para poder escapar de casa.

Tras la declaración, los cadáveres de 5 ancianas fueron exhumados, y la cruda realidad apareció. La historia de ambas enfermeras era cierta: Gwendolyn Graham y Catherine May Wood iban a ser acusadas de sus muertes.

Catherine May Wood y Gwendolyn Graham
Catherine May Wood y Gwendolyn Graham

El matrimonio Wood se separa en 1986. Cathy Wood era la supervisora de la clínica de ancianos, tras la separación se enamora de su ayudante: Gwen Graham. Ésta había llegado de Texas con 22 años; siempre le gustaba sacar a relucir su lado masculino, mostraba graves cicatrices en los brazos, contando que se las había realizado en varias peleas. Nada más lejos de la realidad, tras una infancia donde se sentía abandonada, sufriendo abusos sexuales por parte de su padre, se auto-mutilaba, mostrando un claro síntoma de trastorno de personalidad.

Ambas, empezaron una relación lésbica, una de sus preferencias sexuales era la asfixia erótica. Experimentación que llevaron al máximo, y no contentas con eso, decidieron aumentar sus juegos sexuales hasta lindarlo con la muerte. Ningún sitio mejor que su propio trabajo: “Alpine Manor”, contaba con 200 camas, una media de 40 muertes por año; dónde la muerte de 5 pacientes no se tendrían en cuenta. Todas sus víctimas esperaban la muerte pero la alcanzaron de una forma que no esperaban.

Graham entro en la habitación de una de las ancianas, cuyo apellido empezaba por m, empezó a taparle la nariz y la boca con una toalla, y pese a su resistencia, aumentaba su excitación, asfixiándola hasta la muerte. Tras cada ritual, ambas enfermeras se iban a habitaciones desocupadas para practicar sexo y disfrutar de la emoción del momento.

Catherine May Wood

Catherine May Wood

Practicaban un juego del más macabro, elegían a sus víctimas según las iniciales de su apellido hasta llegar a formar la palabra “murder”. Graham guardaba trofeos de sus víctimas: joyas, prótesis dentales o calcetines; tal era la irrevelancia  que daban a sus fechorías que aparte de jactarse de sus crímenes, la propia Graham, guardaba los trofeos en su taquilla de la clínica.

Graham dejaba como tarjeta de visita la toalla con que las había asfixiado. Tras intentar asesinar a un anciano y fracasar en el intento, se concentraron en las féminas. Según algunas confesiones, su intención era el llegar a las 20 víctimas.

En 1987, la relación termina. Cathy se siente triste y desolada, acude a su ex marido a contarle toda la historia, es cuando Ken, 14 meses después, acude a la policía.

La policía llama a la puerta de Graham en Tyler (Texas). Testificó que se trataba de una broma macabra para asustar a sus compañeras, pero las pruebas eran irrefutables.

En el transcurso del juicio, Wood, se defendió inculpando totalmente a Graham, acusándola de ser la que planeaba y ejecutaba los crímenes, y ella se ocupada de distraer a los celadores. Graham seguía defendiendo que era una simple broma y que Wood mantenía la teoría de los asesinatos por ser una amante despechada.

Gwendolyn Graham

Gwendolyn Graham

El 3 de Noviembre de 1989, después de un juicio dónde los enfrentamientos dialécticos se turnaban entre ambas acusadas, se dictó la sentencia, condenando a 5 cadena perpetuas a Graham, sin posibilidad de libertad condicional; y de 20 a 40 años de prisión para Wood, con la primera oportunidad de salir en libertad en el año 2005.

Episodio 6.  Las enfermeras diabólicas.

Narrador: La apacible placidez se respira todas las mañanas en la Clínica de AncianosAlpine Manor”, a las orillas del Grand River, la ciudad de Grand Rapids, asentada en el condado de Kent del estado de Michigan, vive separada de la ebullición de los grandes sucesos que rompen la tranquilidad de otras grandes metrópolis financieras. El trasiego escondido por ser una de las primeras ciudades de los Estados Unidos en la fabricación de automóviles y camiones, no se ve reflejado en sus calles, estás viven en una quietud y sosiego utópicos.

Todo la tranquilidad se rompe en la primavera de 1988, Ken Wood acude a la policía para relatar la historia contada por su ex mujer. La narración nos cuenta un amor imposible que se desquebraja tras el final de la pasión, escondido tras un telón de crueldad que no mece ante ninguna pleitesía de clemencia.

Todo gira alrededor de la sosegada clínica de ancianos donde dos de sus enfermeras han firmado un pacto con el diablo que las han llevado hasta la locura.

Catherine May Wood: Hoy es la noche, después de lo que nos pasó con Christopher, sigo pensando en centrarnos en mujeres. Son mucho más tiernas y manejables, además, podemos disfrutar de todos sus atributos femeninos.

Gwendolyn Graham: Sí, ¡palpar sus pechos en el más alto estado de excitación hasta sentir como ceja su último aliento!, ¡mientras levantamos su perdido apetito sexual hasta alzarla a un altar de pasión y lujuria!

Catherine May Wood: Como cuando me ahogas con el pañuelo de satén hasta sacarme un exhausto orgasmo que desea seguir sintiendo el camino de la muerte…

Narrador: Nuestras enfermeras se dirigen a la habitación de la interna Mary Macdonalds, sigilosamente se acercan a su cama, no quieren despertar ninguna duda en la anciana, el ver a ambas junto a su camino podría dar lugar a suspicacias.

Gwendolyn Graham coge la toalla depositada en el regazo de la silla, la agarra fuertemente, acercándose al arrugado cuello de la anciana. Con una mano tapa su boca, y con la otra, rodea su cuello con la toalla, comienza a estrangularla con saña, gira la cabeza, observa cómo Cathy tiene su mano dentro del pantalón, sus ojos encendidos están en un elixir de excitación, mientras sus dedos se deslizan por su cuerpo, palpando sus labios del deseo, flotando y flotando hasta explotar en un mar acuoso de lascivia. Cathy, torna su mirada fijamente en las pupilas de Gwen, están totalmente dilatadas, estrujando su cuello hasta alcanzar su pleno descanso.

Abandonan la habitación mientras sus manos arremeten, acarician y aprietan las zonas estimulantes de la otra, se propinan unos largos besos, llenos de pasión y deseo, tras los que se esconden una maldad innata en ellas. Entran en una de las habitaciones libres, una se abalanza sobre la otra y continúan con sus juegos sexuales…

Al terminar, la estimulación termina, y la relajación llega a sus cuerpos. Están totalmente satisfechas, han llegado a la más alta cúspide erótica.

Gwendolyn Graham: Nunca pensé en estar tan orgullosa de mí misma. Muchos son los días encerrados en palabras opacas de deseos incumplidos. Hoy, ¡por fin! Esos deseos reprimidos han alcanzado su plenitud, llegando a una adolescencia con un futuro inmejorable. Ver tu cara mientras te corrías, justo en el momento que esa bruja se ha ahogado en sus propios vómitos, ha sido el momento álgido de nuestra relación. A partir de ahora, nuestros caminos estarán unidos en un estrecho urgir de deseo.

Catherine May Wood: ¡Ay, Gwen! Tenemos que repetirlo una y otra vez, deseo experimentar esa sensación hasta el óbito. Exprimir mi cuerpo, ¡hasta dejarlo seco de deseo!

Gwendolyn Graham: ¡Qué cerda eres!

Narrador: Abrazadas, fundiendo sus cuerpos en una sola persona, besándose continuamente mientras mantienen una relajada conversación, en sus cabezas, no para de rondar la idea de que llegue una nueva noche, para volver a experimentar lo vivido en esta.

Los rayos de sol alertan sus parpados, despiertan, abandonan el dormitorio, en la mesura de sus labios reluce la sonrisa diabólica de los ángeles de la muerte.

Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta

Introducción

En Hungría, durante mucho tiempo el pronunciar un nombre era considerado tabú. Durante décadas, el reguero de cadáveres ensangrentados descubiertos por los campesinos en las praderas hizo, que tras su muerte, el mito y la leyenda alcanzasen la senda del silencio y romperlo era transgredir ese tabú, solo con el pronunciamiento de un nombre se producía un intenso e infinito terror: Elizabeth Báthory de Ecsed.

Pertenecía a una orden basada en la Orden de Draco, practicantes de las artes oscuras y el culto a la sangre, la misma que dio origen al mito de Vlad Tepes, la considerada “vampiresa”, era una gran amante del ocultismo y del sadismo. Con los años empezó a tener una gran obsesión por la vejez y la belleza física, esa vanidad la lleva a la locura y a la perversión total. Según cuenta la leyenda, Elizabeth Báthory, empleó ríos de sangre de doncellas como fuente de juventud.

Elizabeth Báthory

Elizabeth Báthory

Nacida en 1560 en el seno de una de las familias húngaras más poderosas y distinguidas de aquella época; hija de George y Anna Báthory; con lejanos lazos de sangre que la emparentaban con la casa de los Drácula. La fortuna de los Báthory era tan grande, que superaba la del rey húngaro Matías II. Elizabeth fue prometida en matrimonio a la edad de once años, a Ferenc Nádasdy, hijo de otra familia noble húngara que más tarde adoptó el apodo de “el Caballero Negro”. Nádasdy fue un guerrero cruel y en las campañas contra los turcos sentía gran placer torturando a los prisioneros turcos.

Con catorce años, tiene una hija con un criado, dando a luz a su hija en la mansión de la condesa Úrsula Nádasdy, su futura suegra; el muchacho fue castrado y arrojado a los perros. Con 15 años se lleva a cabo su matrimonio, el 8 de mayo de 1575, su marido Ferenc contaba con 26 años, se fueron a vivir al castillo de Cáchtice en compañía de su suegra y otros miembros de la casa.

La soledad que acompañaba a Elizabeth por las continuas campañas de guerra de su marido, la llevan a visitar a su tía lesbiana, Karla Báthory, donde empezó a iniciarse en orgías lésbicas. También inició sus contactos con la magia negra, las artes de la brujería y los impulsos sádicos. Un sirviente suyo, llamado Thorko, fue su maestro, y su apoyo, su propia nodriza, IIona Joo. Toda esa rabia que fluía por su cuerpo, la mostraba contra su suegra y los criados de esta, practicando contra ella vudú, maltratando a sus siervos y humillándolos continuamente.

Elizabeth Báthory

Elizabeth Báthory

Su marido, tras la vuelta de una de sus campañas, se entera de todo lo pasado y la perdona. Elizabeth tuvo a su primera hija a los diez años de matrimonio, Ana, a la que siguen tres más: Úrsula, Katrynna y Pál, su único varón.

El 4 de enero de 1604 muere Ferenc Nádasdy. Elizabeth tiene vía libre para poder sacar todo su lado oscuro más violento y sádico. Se habla de que manda colgar y asesinar a su propia suegra, y de terminar con toda la servidumbre de está.

Dirigía su sadismo exclusivamente contra las doncellas o mujeres jóvenes de su entorno próximo. Prueba de ello es que le agradaba morder a sus sirvientas y desgarrarles la carne de los huesos. Uno de sus apodos era “la Tigresa de Cáchtice”, que era el nombre del castillo en el que moraba normalmente. Además practicaba con saña distintos y crueles métodos de tortura. Clavaba sus uñas en el cuerpo de sus sirvientas y colocaba monedas candentes bajo las uñas de sus dedos o llaves ardientes en sus manos. En invierno, mandaba arrojar a las muchachas afuera cuando había nevado y empaparlas con agua fría para que se helaran. También quemaba los genitales de las jóvenes de turno con hierros ardientes, carbón o velas.

A pesar de sus espantosos crímenes, que difícilmente permanecían ocultos, la condesa sanguinaria pudo hacer de las suyas durante un tiempo nada desdeñable, ya que era noble, una aristócrata húngara con derechos sobre sus sirvientas y víctimas, que en ocasiones eran eslovacas o jóvenes raptadas por sus esbirros en los pueblos de los alrededores. Con los cadáveres, Elizabeth actuaba con un absoluto descuido. A menudo, los escondía debajo de las camas y más tarde sus sirvientes los arrojaban a los campos cercanos. La causa de su perdición fue que un día ya no le bastaron las simples sirvientas como víctimas de sus fechorías y empezó a reclamar jóvenes nobles para sus sádicos juegos nocturnos.

castillo de Cáchtice

Castillo de Cáchtice

Entra en escena el rey Matías II de Hungría, ordenando a un primo de Elizabeth, el conde Gyorgy Thurzo, que tomase su castillo con soldados. En el castillo encontraron numerosas muchachas torturadas en distintos grados de desangrado, más de 50 cadáveres enterrados en los alrededores y habitaciones llenas de miembros y restos de sangre.

En 1611, fue procesada, pero consiguió librarse de la pena de muerte. Mientras todos sus cómplices, tras ser torturados, fueron quemados vivos en la hoguera, ella fue tratada con más indulgencia. Se ordenó que fuera encerrada en su alcoba del castillo de Cáchtice y que se tapiaran las ventanas, y allí fue apagándose como un cadáver viviente hasta el momento de su muerte, acaecida en el año 1614.

Episodio 4. Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta

Narrador:

Estamos a 4 de enero del año de nuestro señor de 1604, los alrededores del castillo de Cáchtice están teñidos de luto, un luto impregnado de terror y miedo. La muerte del señor deja en plena libertad de perversidad a la condesa, la familia Nádasdy tiembla y, con ella, todos sus criados.

La condesa Báthory procesa un eterno odio hacia su suegra, la condesa Úrsula Nádasdy, todo lo que huele a ella, la repugna, según ella, se merece un gran escarmiento.

Nuestra mirada se traslada a lo que en aquel entonces estaba sucediendo en los sótanos del castillo. Un nauseabundo olor a putrefacción nos acompaña en este camino.

Elizabeth Báthory:

Los ojos de la libertad impregnan mis pupilas con unas irremediables ansias de venganza. Esa vieja bruja va a pagar toda su dosis de grandeza, primero le haré presenciar la humillación de toda su servidumbre y, después, disfrutaré de mi merecida venganza.

Narrador:

Tras varias horas de torturas, mutilaciones, latigazos y sangre, mucha sangre, vamos a los aposentos de la condesa, se encuentra en un estado de semi-éxtasis, reposando su extenuado cuerpo sobre un gran camastro impregnado de despojos malolientes, restos de otras anteriores orgías de sexo, sangre, perversión y lágrimas.

Empieza a anotar en su diario…

Elizabeth Báthory:

Cáchtice, 5 de enero de 1604.

Tirones de piel desgarrada maquillan mis uñas tras una intensa y prolífica jornada. Cuentan que la venganza es uno de los platos más dulce, ¡ay!, ¡bendita razón tienen! Ver esa multitud de ojos llorosos de desesperación puede llenar cualquier alma de la mayor tranquilidad y desasosiego posible.

Primero colgué boca abajo a algunos de los criados de mi maldita suegra, con la ayuda de Dorka y Jo, sujetándoles y tensando sus músculos. Mientras empapaba en una solución de sal y azufre mi látigo de desollar, aprecié como una ligera y sedienta sonrisa aparecía en el regazo de mi boca. Latigazo tras latigazo, se desgarraba la piel del primer pobre condenado. Sus órganos internos se apreciaban a la vista. Cogí un punzón de hierro y le removí sus intestinos, sus piadosos gritos aumentaban mi excitación, haciéndome pensar en el próximo jueguecito cruel. Los ojos inyectados en sangre del pérfido chico, rondaría los 16 años, me inspiraron: ¡una pera rectal! Ése maloliente cerdo chilló pidiendo piedad hasta que le hice explotar: primero abrí e introduje el mecanismo de tornillos que abrieron su ano al máximo esplendor, desgarrándolo y, mi ímpetu, ¡me hizo viajar por sus paredes internas hasta romperle! Después, estaba sedienta, le agarré del pelo, le escupí en la cara y, con un cuchillo de sierra, con una profunda dentellada, le corté el cuello. Rápidamente, acerqué mis labios a su incesante gotear y tragué y tragué el rojo carmesí de mis deseos hasta quedar saciada.

Las horas se iban sucediendo y, con ellas, cambiaba mis técnicas y mecanismos de tortura, hasta llevar a la muerte a toda aquella servidumbre que veneraba a mi horrenda suegra. La sierra, el collar penal, la flauta del alborotador, la cigüeña, el cinturón de san Erasmo, el aplastapulgares… disfruté con cada uno de ellos, bañándome en sangre en cada nuevo expiar. El péndulo, la rueda de despedazar, el strappardo o la doncella de hierro aumentaron mi excitación, mis manos llenas de sangre flotaban por mis senos, con cada nuevo grito o lloro besaba e intercambiaba flujos de sangre con mis queridas doncellas.

Llegaba al momento cumbre, al calmado regocijo de mi eterna hambre de venganza: la condesa Úrsula Nádasdy.

Ahora miro por la ventana del muro norte de mi castillo. Mientras escribo estas plácidas líneas, observo a mi suegra dentro de la jaula colgante, totalmente desnuda, con el cuerpo desollado, mutilado y desgarrado, lleno de llagas y heridas en cada uno de los poros de su piel, ¡lo que queda de ella!, es tan excitante observar el esqueleto de órganos internos que ha descubierto mi obra, ¡nunca antes había disfrutado tanto!

La tumbamos en el potro, sujetamos con fuerza sus muñecas y tobillos, rotamos lentamente la rueda hasta tensar por completo sus brazos y piernas. Alargados por la fuerza del cabestrante, llegamos a aumentar su altura en unos 25 centímetros. Se dislocaron sus articulaciones, se desmembró su columna vertebral, se desgarraron los músculos de extremidades, tórax y abdomen, pero para sorpresa de la ciencia, seguía respirando. Continuamos con tenazas y cizallas al rojo vivo. Introdujimos las tenazas en la nariz, levantando un gran aullido de dolor, levantamos y arrancamos todas las uñas de los dedos de pies y manos, para después arrancar de un tirón sus dos pezones; con las cizallas removimos cada uno de sus órganos disfrutando de los aullidos de la maldita, sabía que estaba a punto de morir, pero no, se agarraba a la vida como yo al anhelo de su muerte y mi inmortalidad.

Cogí un desgarrador de senos, le apliqué una dentellada y con las cuatro puntas estiré hasta convertir en una masa informe esos feroces creadores de pecados. Hacía rato que dejó de llorar, gritar o moverse, acerqué mi oreja a su boca y descubrí su respiración. Con el próximo jueguecito moriría, quería seguir disfrutando, ver cómo sufría segundo a segundo y cómo se apagaban los latidos del sonido opaco de su corazón. Fue entonces cuando decidí dejarla colgada en la jaula y que todos supieran quién era la nueva reina del castillo.

Vuelvo a mirar por la ventana, veo como mí impura suegra hace un pequeño espasmo, -un cuervo se está alimentando de ella, le está picando y explotando uno de sus glóbulos oculares-, un inmenso grito acompaña a su último aliento de vida, ¡por fin!, ¡por fin he acabado con este suplicio sin razón!

Narrador:

Éste fue el comienzo de una continua, dilatada, opulenta y terrorífica orgía de sangre, donde los albores de la leyenda llegan a confundirse con la ficción, donde la realidad no está muy lejana de la fantasía y donde esta cruenta mujer marcó la desgraciada historia de todos aquellos campesinos que vivieron a su alrededor. Nunca la crueldad llegó a un estado más alto de esplendor, todo ello con la firma de Elizabeth Báthory de Ecsed.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 05-12-10:
Mentes perversas y poderosas: Inocencio VIII y Elizabeth Báthory

Keith Hunter Jesperson, el asesino de la cara sonriente

Introducción

Tras alterar nuestros estómagos con nuestro primer relato de mentes perversas, vamos a seguir nuestro camino para encontrar el grado sumo de maldad. En este segundo capítulo no queremos bajar nuestro ritmo cardíaco y os queremos presentar a otro personaje peculiar, otra cruel víctima de una infancia infeliz.

Nos desplazamos a los años 60, a la región canadiense de la Columbia Británica, allí, el pequeño Hunter, pasa su tierna infancia, entre los abusos sexuales de su padre, los insultos de sus compañeros y hermanos, y la inducción de su mentor a maltratar y matar a todo aquellos animales nocivos para Hunter.

Keith Hunter Jesperson

Keith Hunter Jesperson

Sus primeros años hasta mediados la treintena los pasa deambulando por Canadá hasta alcanzar su sueño de entrar en la Real Policía Montada, éste se trunco por una caída que le lesionó. Después se desplaza a Estados Unidos para empezar a trabajar como camionero en la compañía Pacific Northwest, ya con 35 años.

En el país vecino trata de reconducir su vida, se casa con una mujer de ascendencia mexicana, tiene 3 hijos y pasa unos años de supuesta tranquilidad. Está se rompió cuando su mujer se divorció de él, seguía maltratando animales, incluso llegó a colgar de una soga a la mascota de su hija mayor.

La separación alteró totalmente el coctel mental de Hunter, los abusos sexuales y los maltratos animales se mutaron en su ser. Llegando a pasear con su camión en busca de la víctima más adecuada para ser la extensión de sus manos, y mientras las ahogaba, perpetrar los mismos abusos que recibió de su padre. Terminando con una carrera delictiva de 8 asesinatos con el agravante de violación. Una de sus mayores extravagancias era enviar cartas a la prensa, policía y familiares de la víctima. Misiva que era firmada con una cara sonriente.

Es curioso observar que nuestros dos primeros protagonistas de “Mentes perversas” tienen dos nexos en común: una infancia marcada por el abuso de poder del padre y una sangrienta carrera delictiva que comienza con la cuarentena, ¿estaremos siempre libres de nuestros más bajos instintos anexionados a nuestra infancia?

Episodio 2. El hombre que firmaba con una carita sonriente

Keith Hunter Jesperson:

Soy esclavo de mis demonios, mi constante lucha contra la oscuridad que cohabita conmigo me traslada a un estado de semi-apatía donde subyacen todos los deseos ocultos opacos a mi ansiedad.

La perpetúa alimentación de mis deseos conmutados en una supuesta apacible vida familiar han explotado tras el abandono de mi mujer, ¡qué insensata! Enfurecerse por ahorcar a ese mísero minino, ¡no entiende qué es un acto de eterna generosidad! He librado a esta bestia de su infortunio.

He perdido el calor familiar, pero he recuperado el control y el poder de mi ser. Soy libre de encauzar mis instintos. ¡Quiero ahogar hasta el desaliento a una mujer!

Narrador:

Los pensamientos de Hunter se ven cortados tras la entrada en el bar de una chica, Tannya Benett, la casuística ha querido cruzarla en el camino de Hunter. Sus reflexiones se hacen realidad, queda un paso para su destino.

Keith Hunter Jesperson:

Me ha costado convencerla, al final hemos llegado a casa, nada más volverse no he podido evitar abalanzarme sobre ella, desgarrarla y abrirle el vestido. Su resistencia aumentaba mi excitación. Mecánicamente, mis manos, se han dirigido hacia su cuello, he empezado a apretar con toda mí fuerza, no paraba de revolverse, de golpearme con sus tacones en el costado, mis dedos apretaban con una pasión inmensa. Su respiración acelerada se traducía en un inmenso acrecentar de mi miembro viril.

Cuando su respiración espiaba, paré de apretar, mi riego sanguíneo ordenaba a mi cerebro el poseerla, ¡empalarla hasta el último suspiro!

Empecé a presionar su cuello con una febril devoción, le he rasgado su ropa interior, he dominado su voluntad hasta conseguir penetrarla, y cuando su resistencia disminuía, he empezado asfixiarla con saña, su latir decrecía hasta que conseguí una muerte húmeda.

Narrador:

Hunter cometía su primer crimen, la necesidad de violencia se aumentaba con la violación. Necesitaba sentir el último suspiro de la víctima mientras la poesía, consiguiendo su perfecto elixir.

Keith Hunter Jesperson:

¡¡¡Ufff!!! Acabar con la existencia de un ser vivo es la mayor efervescencia inocua a la realidad, revivirla de nuevo una y otra vez, va aumentando mi necesidad de más, ¡mucho más!

Voy a compartir este impetuoso recuerdo, quiero vanagloriarme de mis actos. Empezaré a escribir una misiva…

Narrador:

Escribía letra tras letra reviviendo cada uno de esos momentos celestiales. Su miseria egocentrista le lleva a firmar con una cruel cara sonriente mofándose de las autoridades, periodistas y familiares.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 27-06-10:
La noche de San Juan, vacaciones ecológicas y otra mente perversa