Posts etiquetados ‘asesinos en serie’

Introducción:

En post del avance médico se hacen multitud de barbaridades, más aún en tiempos que todavía gobernaba el salvajismo, más en un siglo XIX donde reinaba en muchas zonas de Gran Bretaña la podredumbre y el hambre. La investigación y el estudio de la medicina estaban en auge, para poder desarrollarla necesitaban un alto número de cuerpos humanos, éstos se conseguían a través de cadáveres. Una práctica que en principio era legal, aprovechando los cuerpos de los reos sentenciados a muerte, pero con el paso del tiempo empezaron a escasear y algunos de los médicos tuvieron que echar mano de una serie de hábitos menos legales, dando comienzo a la época de los ladrones de cadáveres o resucitadores. Hasta llegar al punto de ofrecer un alto precio por estas sugerentes piezas con las que poder estudiar y experimentar.

Llegada a esta parte cronológica, surgen dos “muertos de hambre”, dos personajes ávidos de dinero y la buena vida: William Burke y William Hare. Gracias a sus respectivas parejas entrabaron una peculiar amistad que se segregaba en la opulenta sed de ambición de ambos, en una Edimburgo ahogada por la penuria.

William Burke y William Hare

Una noche, entre las múltiples borracheras protagonizadas por ambas parejas, el azar quiso cruzar la repentina muerte de uno de los vecinos del albergue donde vivía Burke con su mencionada ambición, casualmente un pobre vagabundo sin familia. Ambos esbirros intentaron aprovechar tal desliz para quedarse con el cuerpo del desgraciado mendigo con el fin de venderlo al mejor postor, ¿quién mejor que alguno de esos médicos? El doctor Knox, otra alma sin escrúpulos, fue el elegido, con un precio de siete libras y 10 chelines se cerró el trato.

Ambos compañeros se sorprendieron de su suerte y la prematura rapidez para conseguir un dinero fácil, lo equivalente a seis meses de duro trabajo. La diosa fortuna los había acompañado, pero conseguir más cadáveres era difícil en una Edimburgo con los cementerios totalmente vigilados, decidiendo que ellos mismos tenían que seguir con la diosa.

Fue el comienzo de una gran orgía de asesinatos a cambio de dinero, se transformaron  en una especie de chacales de la plata o demonios del vil metal. Con cada una de sus llegadas con un nuevo cadáver siempre eran recibidos con las manos abiertas por el doctor Knox, poco le importaba su procedencia al doctor, supiese o no la historia escondida tras su muerte.

El reguero de asesinatos no les pasó desapercibidos a la policía, entre 17 y 28 crímenes, con cada nuevo empezaban a estrechar el lazo contra los dos individuos. Las sospechas entre los vecinos por la opulenta vida de ambos acabaría con ellos. Todo ocurrió una noche en la que Burke se propasó en su habitación con una joven prostituta, la paliza, escuchada por sus vecinos fue denunciada a la policía. El cuerpo ya estaba vendido al doctor y cuando la policía interrogó a Burke relató que la sangre encontrada en su habitación correspondía a la menstruación de una joven. No contentos con eso, y con todas las sospechas del mundo, las miras de los policías recayeron en Hare, éste, tras ser interrogado durante horas y horas, lo negaba todo, hasta que la policía le puso sobre la mesa su libertad a cambio de delatar a Burke, Hare no dudó ni un instante y empezó a cantar su propia versión de la historia e inculpó como instigador y ejecutor de todos los asesinatos a Burke: “observamos a las curdas (víctimas) por las calles de Edimburgo y si nos parecía que nadie iba a advertir su ausencia trabábamos amistad y luego los matábamos para llevárselos al doctor Knox, el cuál nunca nos pregunto nada sobre la procedencia de los cuerpos.”

Burke murió en la orca. Al doctor Knox se le puso en libertad pero el desprestigio surgido tras el escándalo y el acaso de los familiares de las víctimas le obligaron huir a Londres, dónde terminó sus días hundido en la miseria. Las compañeras sentimentales de ambos también quedaron en libertad para ser protegidas por la propia policía para no ser linchadas. Y  Hare, gracias al acuerdo, se trasladó a vivir en libertad a Escocia, dónde fue reconocido por un grupo de obreros que le quemó en cal viva, para vivir sus últimos días, ciego y con la cara totalmente desfigurada.

Episodio 8.  Burke y Hare, los ladrones fabricadores de cadáveres.

Narrador: En una de las tabernas de las angostas calles de Edimburgo, se sitúan dos parejas de tortolitos, enfrascados en una altanera conversación, llenas de insultos e improperios entre unos y otros -es lo que tiene el alcohol, altera la sangre de cualquiera, y menos no iban a ser William Burke y William Hare-, eran acusados por sus respectivas cónyuges del escaso dinero que tenían, de la necesidad de un nuevo golpe de suerte como el anterior. Aquel que les reportó una suculenta recompensa por tan poco trabajo, o ninguno.

Hace unos pocos días, el azar les hizo chocar contra el cadáver de un vagabundo, recordando las habladurías que se comentaban en el barrio, se dirigieron a la casa del doctor Knox para cambiar ese entramado de huesos y músculos en otro más aprovechable, exactamente siete libras y diez chelines.

La controversia escondida tras la impureza del acto no causó ningún tipo de remordimientos en ninguno de los dos personajes, ambos estaban repletos de gallardía con los bolsillos llenos de dinero, pero los diversos comentarios de sus respectivas, sumado a que poco a poco el saco se estaba vaciando, dividió sus pensamientos en diversas meditaciones…

Harke: Deberíamos rondar por las calles o ir directamente a usurpar al cementerio.

Burke: Pero ceporro, no te das cuenta de qué están totalmente vigilados, nuestras posibilidades por ese camino son totalmente escasas. Al pasear por las calles miro a los ojos a esos desgraciados y harapientos ancianos o a la prostituta con dientes de conejo que alquila su cuerpo por un poco de pan, y pienso: ¿Quién va a preguntar por ellos si mañana no se cruzan en su camino? Nadie ignorante, nadie.

Esas son nuestras bolsas de dinero, ese es el camino correcto. Aprovecharnos de su desconsolada situación, arrebatarles el sufrimiento de su alma para quedarnos con su codiciado cuerpo.

Harke: Pero…

Burke: No existe pero qué valga, todo sea por un bien mayor.

Harke: De acuerdo.

Narrador: La decisión estaba tomada, no por ambos, Burke siempre tenía la extraña habilidad de conducir los actos de Harke en beneficio propio, desde el primer momento su instinto le hablaba de esa peculiar deficiencia en su personalidad. Ahora lo más importante era encontrar el producto adecuado.

Los días pasaban tan rápidamente como la intranquilidad en ambos hasta que apareció el pobre Joseph “el molinero”. Sin familia, sin amigos, con un cuerpo alto y fuerte que daría un buen peso; ¡era la pieza ideal!

Ambos se aproximaron animadamente a Joseph para invitarle a unas jarras de cerveza en la posada de la pareja de Harke, Margaret. Las cervezas se cambiaron por unos vasos de licor que fueron caldeando un poco más el ambiente. La razón de Joseph se iba nublando, momento en que aprovecharon para sujetarle y llevarle a una de sus habitaciones, le posaron sobre la cama, le sujetaron con una fuerza diabólica mientras Joseph se intentaba revolver cuando un almohadón se estrujaba sobre su cabeza para cederle su respiración. Ahogaban y ahogaban con más fuerza, con suma delicadeza para no dejar ni una marca de violencia sobre su cuerpo, y tras una intensa lucha, el cuerpo del desgraciado dejó de latir.

Como dos rayos amparados por la soledad nocturna se dirigieron a la puerta trasera del estudio del doctor Knox. Al rato, se les volvió a ver salir con 10 libras que llenaban sus bolsillos.

Burke: No ha estado mal, nada mal. Pensar en las diferentes dudas que hemos tenido para terminar disfrutando de un trabajo bien hecho. La siguiente ocasión no debemos dejar pasar tanto tiempo, además no está tan mal esto de asesinar, ¿no te parece Harke?

Harke: Bueno, sí…

Narrador: Sí, así ocurrió. Más de 17 crímenes atestiguan parte de la pasión con que se tomaron sus hábitos. Pasando de ser unos burdos “muertos de hambre” a unos crueles criminales. De matar para sobrevivir a disfrutar matando, así se podría resumir el paso que daban nuestros dos queridos amigos con cada nueva visceral sangría. Tornando su aptitud a una total indiferencia a la vida humana.  Su amistad se terminó a la primera dificultad, con ella llega la humillación y la burla.

Burke: Parecía un estúpido el atontado de Hare y mira por dónde me ha tomado la delantera. Asesinato tras asesinato creyendo que le manejaba a mi antojo para al final estamparme la puerta en la cara y terminar pagando por todas nuestras penas.

Bastardo desagradecido que no ha aguantado con la boca cerrada. Gracias a mi generosidad ha podido vivir los mejores días de su vida, pero los ha cambiado por una oferta que va a ser su desgracia y los ruidos de las trompetas para la mía.

Narrador: Harke delató a Burke forzado por la policía, acordó una supuesta libertad que a posteriori le condenó a una pena más dura que la soga blandida en el cuello de Burke.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 01-04-12:

Ladrones de cadáveres, Edgar Allan Poe y la fosa de las Marianas.

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Introducción:

Los depredadores sexuales representan la encarnación cultural de los asesinos en serie. Muchas de esas encarnaciones están sujetas a inclinaciones fetichistas y sadomasoquistas Esa enfermiza desmesura da una sensación al individuo que no lo considera anormal, ayuda a ampliar sus actos más sádicos, sin olvidar, que el sadismo nos recuerda que el sexo no está relacionado solamente con la afirmación y creación vital; y que puede llegar a su contrario, es decir, a la aniquilación y la muerte. El ansia vital y el anhelo de la muerte son componentes de nuestra sexualidad. Y cuando se llevan a extremos los vicios o parafilias sexuales se confunden con lo real.

Esta serie de desviaciones en serial killers se suelen dar en hombres solitarios, con algún trauma en la infancia y una larga serie de estereotipos que suelen marcar el perfil de éste tipo de asesinos. Lo más inusual, es encontrarlo en casos femeninos –los impulsos que suelen mover a las mujeres son la venganza o la codicia-, aunque en las excepciones siempre sale a relucir alguna parafilia sexual que las mueve.

En el mes de enero de 1987, surge un hecho que pasa inadvertido a los ojos de todo el mundo, la muerte de una anciana. Nada especial en la Clínica de AncianosAlpine Manor” en Grand Rapids (Michigan, USA). Lo lógico y normal es que la muerte de una persona de avanzada edad, más con Alzheimer, fuese a causa de una forma natural.

Todo seguía su normalidad, las muertes de ancianas enfermas terminales se iban sucediendo, pero nadie en la clínica sospechaba nada. Incluso, un par de enfermeras se jactaban de que ellas eran las culpables de sus muertes. El resto de compañeros no se lo creían, decían que se trataba de una simple broma y seguían con su día a día de la manera más monótona.

Un día, el ex marido de una de estas enfermeras, Cathy Wood, acudió a la policía a contar la historia. El propio Ken Wood hablaba de su ex mujer como: “frívola, cambiante e impredecible”, decía que no expresaba ningún sentimiento materno hacía su hija. Años después, la propia Cathy, confesó tener un embarazo voluntario para poder escapar de casa.

Tras la declaración, los cadáveres de 5 ancianas fueron exhumados, y la cruda realidad apareció. La historia de ambas enfermeras era cierta: Gwendolyn Graham y Catherine May Wood iban a ser acusadas de sus muertes.

Catherine May Wood y Gwendolyn Graham
Catherine May Wood y Gwendolyn Graham

El matrimonio Wood se separa en 1986. Cathy Wood era la supervisora de la clínica de ancianos, tras la separación se enamora de su ayudante: Gwen Graham. Ésta había llegado de Texas con 22 años; siempre le gustaba sacar a relucir su lado masculino, mostraba graves cicatrices en los brazos, contando que se las había realizado en varias peleas. Nada más lejos de la realidad, tras una infancia donde se sentía abandonada, sufriendo abusos sexuales por parte de su padre, se auto-mutilaba, mostrando un claro síntoma de trastorno de personalidad.

Ambas, empezaron una relación lésbica, una de sus preferencias sexuales era la asfixia erótica. Experimentación que llevaron al máximo, y no contentas con eso, decidieron aumentar sus juegos sexuales hasta lindarlo con la muerte. Ningún sitio mejor que su propio trabajo: “Alpine Manor”, contaba con 200 camas, una media de 40 muertes por año; dónde la muerte de 5 pacientes no se tendrían en cuenta. Todas sus víctimas esperaban la muerte pero la alcanzaron de una forma que no esperaban.

Graham entro en la habitación de una de las ancianas, cuyo apellido empezaba por m, empezó a taparle la nariz y la boca con una toalla, y pese a su resistencia, aumentaba su excitación, asfixiándola hasta la muerte. Tras cada ritual, ambas enfermeras se iban a habitaciones desocupadas para practicar sexo y disfrutar de la emoción del momento.

Catherine May Wood

Catherine May Wood

Practicaban un juego del más macabro, elegían a sus víctimas según las iniciales de su apellido hasta llegar a formar la palabra “murder”. Graham guardaba trofeos de sus víctimas: joyas, prótesis dentales o calcetines; tal era la irrevelancia  que daban a sus fechorías que aparte de jactarse de sus crímenes, la propia Graham, guardaba los trofeos en su taquilla de la clínica.

Graham dejaba como tarjeta de visita la toalla con que las había asfixiado. Tras intentar asesinar a un anciano y fracasar en el intento, se concentraron en las féminas. Según algunas confesiones, su intención era el llegar a las 20 víctimas.

En 1987, la relación termina. Cathy se siente triste y desolada, acude a su ex marido a contarle toda la historia, es cuando Ken, 14 meses después, acude a la policía.

La policía llama a la puerta de Graham en Tyler (Texas). Testificó que se trataba de una broma macabra para asustar a sus compañeras, pero las pruebas eran irrefutables.

En el transcurso del juicio, Wood, se defendió inculpando totalmente a Graham, acusándola de ser la que planeaba y ejecutaba los crímenes, y ella se ocupada de distraer a los celadores. Graham seguía defendiendo que era una simple broma y que Wood mantenía la teoría de los asesinatos por ser una amante despechada.

Gwendolyn Graham

Gwendolyn Graham

El 3 de Noviembre de 1989, después de un juicio dónde los enfrentamientos dialécticos se turnaban entre ambas acusadas, se dictó la sentencia, condenando a 5 cadena perpetuas a Graham, sin posibilidad de libertad condicional; y de 20 a 40 años de prisión para Wood, con la primera oportunidad de salir en libertad en el año 2005.

Episodio 6.  Las enfermeras diabólicas.

Narrador: La apacible placidez se respira todas las mañanas en la Clínica de AncianosAlpine Manor”, a las orillas del Grand River, la ciudad de Grand Rapids, asentada en el condado de Kent del estado de Michigan, vive separada de la ebullición de los grandes sucesos que rompen la tranquilidad de otras grandes metrópolis financieras. El trasiego escondido por ser una de las primeras ciudades de los Estados Unidos en la fabricación de automóviles y camiones, no se ve reflejado en sus calles, estás viven en una quietud y sosiego utópicos.

Todo la tranquilidad se rompe en la primavera de 1988, Ken Wood acude a la policía para relatar la historia contada por su ex mujer. La narración nos cuenta un amor imposible que se desquebraja tras el final de la pasión, escondido tras un telón de crueldad que no mece ante ninguna pleitesía de clemencia.

Todo gira alrededor de la sosegada clínica de ancianos donde dos de sus enfermeras han firmado un pacto con el diablo que las han llevado hasta la locura.

Catherine May Wood: Hoy es la noche, después de lo que nos pasó con Christopher, sigo pensando en centrarnos en mujeres. Son mucho más tiernas y manejables, además, podemos disfrutar de todos sus atributos femeninos.

Gwendolyn Graham: Sí, ¡palpar sus pechos en el más alto estado de excitación hasta sentir como ceja su último aliento!, ¡mientras levantamos su perdido apetito sexual hasta alzarla a un altar de pasión y lujuria!

Catherine May Wood: Como cuando me ahogas con el pañuelo de satén hasta sacarme un exhausto orgasmo que desea seguir sintiendo el camino de la muerte…

Narrador: Nuestras enfermeras se dirigen a la habitación de la interna Mary Macdonalds, sigilosamente se acercan a su cama, no quieren despertar ninguna duda en la anciana, el ver a ambas junto a su camino podría dar lugar a suspicacias.

Gwendolyn Graham coge la toalla depositada en el regazo de la silla, la agarra fuertemente, acercándose al arrugado cuello de la anciana. Con una mano tapa su boca, y con la otra, rodea su cuello con la toalla, comienza a estrangularla con saña, gira la cabeza, observa cómo Cathy tiene su mano dentro del pantalón, sus ojos encendidos están en un elixir de excitación, mientras sus dedos se deslizan por su cuerpo, palpando sus labios del deseo, flotando y flotando hasta explotar en un mar acuoso de lascivia. Cathy, torna su mirada fijamente en las pupilas de Gwen, están totalmente dilatadas, estrujando su cuello hasta alcanzar su pleno descanso.

Abandonan la habitación mientras sus manos arremeten, acarician y aprietan las zonas estimulantes de la otra, se propinan unos largos besos, llenos de pasión y deseo, tras los que se esconden una maldad innata en ellas. Entran en una de las habitaciones libres, una se abalanza sobre la otra y continúan con sus juegos sexuales…

Al terminar, la estimulación termina, y la relajación llega a sus cuerpos. Están totalmente satisfechas, han llegado a la más alta cúspide erótica.

Gwendolyn Graham: Nunca pensé en estar tan orgullosa de mí misma. Muchos son los días encerrados en palabras opacas de deseos incumplidos. Hoy, ¡por fin! Esos deseos reprimidos han alcanzado su plenitud, llegando a una adolescencia con un futuro inmejorable. Ver tu cara mientras te corrías, justo en el momento que esa bruja se ha ahogado en sus propios vómitos, ha sido el momento álgido de nuestra relación. A partir de ahora, nuestros caminos estarán unidos en un estrecho urgir de deseo.

Catherine May Wood: ¡Ay, Gwen! Tenemos que repetirlo una y otra vez, deseo experimentar esa sensación hasta el óbito. Exprimir mi cuerpo, ¡hasta dejarlo seco de deseo!

Gwendolyn Graham: ¡Qué cerda eres!

Narrador: Abrazadas, fundiendo sus cuerpos en una sola persona, besándose continuamente mientras mantienen una relajada conversación, en sus cabezas, no para de rondar la idea de que llegue una nueva noche, para volver a experimentar lo vivido en esta.

Los rayos de sol alertan sus parpados, despiertan, abandonan el dormitorio, en la mesura de sus labios reluce la sonrisa diabólica de los ángeles de la muerte.

Introducción

Si inhumano es matar, más lo es, sin existir ningún motivo en especial, cuándo se convierte en algo monótono y mundano, siendo las bestias más bárbaras capaces de limar almas por pura diversión. Sin compasión, con la supremacía altanera que nos transforma en dioses calificados para extinguir vidas sin remordimientos. El llamado La bestia de Zhitomir, es un lobo sediento de nuestra piel de cordero, capaz de sustituir sus ansias de dominación con la muerte.

Soltero, padre de un niño, reconoció haber tenido una infancia muy difícil: su madre había muerto cuando él tenía 4 años, su padre y su hermano mayor lo habían abandonado en un orfanato donde creció en un ambiente muy hostil. Cuando salió del orfanato se enroló en la Marina Soviética, con la que viajó a lo largo del mundo. Uno de esos viajes le llevo a Rio de Janeiro, donde quedó cautivado por el Cristo de Corcovado, todas sus acciones criminales siempre estarían marcadas por una cruz, en referencia a esa imagen.

Fue bombero en la ciudad de Dneprorudnoye -dónde su ficha laboral le describe como un hombre “duro, pero justo”-. Estuvo ingresado en un hospital psiquiátrico. Emigró para trabajar de obrero durante un tiempo, pero confesó que su fuente primaria de ingreso era criminal: los robos y asaltos.

Comenzó su etapa criminal en 1989 cuando él y su cómplice, Sergei Rogozin, robaron y mataron a nueve personas. En la región de Zaporijia, Onoprienko da el alto a un coche, que le evita e intenta escapar, dispara y mata con una escopeta al conductor, para posteriormente asestarles a su mujer y dos hijos múltiples cuchillazos hasta la muerte.

Con la policía tras su pista, Onoprienko, puso tierra de por medio, abandona el país ilegalmente para recorrer Austria, Francia, Grecia, Dinamarca y Alemania, en dónde estaría seis meses arrestado por robo y luego sería expulsado. En el resto de los países que estuvo también obtuvo antecedentes criminales.

A finales de 1995 vuelve a Ucrania. En la Nochebuena del mismo año se produce el ataque a la familia Zaichenko. El padre, la madre y sus dos hijos asesinados, la casa incendiada Seis días después, la escena se repetía con otra familia de cuatro miembros. Las víctimas se suceden durante seis meses en las regiones de Odesa, Lvov y Dniepropetrovsk.

La bestia de Zhitomir

Anatoli Onoprienko, La bestia de Zhitomir

El modus operandi siempre era el mismo: elegía casas aisladas, mataba a los hombres con un arma de fuego, a las mujeres y los niños con un cuchillo, un hacha o un martillo. Siempre sin dejar vivo ninguno de los habitantes de la casa, después cortaba los dedos de las víctimas para sustraerles sus anillos y en algunas ocasiones quemaba las casas. Guardaba como trofeo la ropa interior usada por sus víctimas e incluso llego a regalar en una ocasión una de las prendas a su novia Ana.

El gobierno ucraniano envió a la Guardia Nacional con la misión de velar por la seguridad de los ciudadanos, sumando más de 2.000 investigadores entre las policías federal y local. Las averiguaciones policiales marcaron las pautas para un perfil de itinerarios del ladrón-asesino, llegando a la conclusión que era un hombre que viajaba por el sudoeste de Ucrania para visitar a su novia. La mayor parte de las familias vivían en remotas villas en la región de Lyov, cerca de la frontera con Polonia. En sus últimos tres meses de cacería, mató a cerca de 40 personas en las regiones de Bratkovivhi y Busk.

Todas las pistas marcaron a los apartamentos de su novia y hermano, la policía halló diversas pruebas que le inculpaban directamente: el rifle que usó en 40 de los asesinatos y 122 objetos pertenecientes a las víctimas, entre los que se encontraban artículos de joyería y diversos videos familiares de las víctimas. La policía le detuvo en la casa que compartía junto a su novia. Le pidió sus documentos, y éste, se revolvió, intento coger un arma y darse a la fuga, aunque su intento fue en vano. Cuando le detuvieron, Onoprienko se sentó y mirando a sus ojos y sonriendo les expreso: “Yo hablaré con un general, pero no con ustedes”.

El juicio comienza el 23 de noviembre de 1998, Onoprienko era acusado de cometer 52 asesinatos. Un numeroso público enfurecido esperaba a la puerta del juzgado pidiendo su cabeza, su calma contrastaba con el ambiente enaltecido.

Una declaración, entregada a la prensa antes de la apertura del juicio, decía que no se arrepentía de ninguno de los crímenes que había cometido y reconoció haber asesinado a 42 adultos y 10 niños, nueve de ellos con anterioridad a los investigados, acompañado de su compinche: Sergei Rogozin.

En sus diversas declaraciones afirmó que oía voces en su cabeza de unos “dioses extraterrestres” que lo consideraban como un ser “de nivel superior” y que le ordenaban llevar a cabo sus crímenes. Aseguró que poseía poderes hipnóticos, que era capaz de comunicarse con animales por telepatía y poder detener el corazón con la mente a través del yoga. También decía que todo estaba provocado por la influencia de la CIA y la Interpol. De sus diversas declaraciones podemos destacar algunas para identificar su aspecto personal más interno: “Mataba para eliminar a todos los testigos de mis robos”, “soy una persona única, hice cosas que nadie ha hecho. Son acontecimientos únicos”, “era muy sencillo, los veía de la misma forma que una bestia contempla a los corderos”, “ninguna de mis víctimas se opuso, armado o no, hombre o mujer, ninguno de ellos se atrevió a forcejear siquiera”, “un soldado que mata durante la guerra no ve a quien golpea” o “un ser humano no significa nada. He visto solo gente débil y comparo a los humanos con granos de arena, hay tantos que no significan nada”, son algunas de sus declaraciones vertidas durante el juicio. Incluso, en una ocasión, mató a una pareja y a sus 3 niños en su coche, se sentó junto al padre y condujo por el país con los 5 cuerpos, declarando: “Era absolutamente interesante”.

La bestia de Zhitomir

Anatoli Onoprienko, La bestia de Zhitomir

Los psiquiatras, sin embargo, diagnosticaron que Onoprienko estaba perfectamente “cuerdo”. El mismo Onoprienko resumía así la filosofía de su carnicería: “Para mí, matar, es como romper una colcha. Hombres, mujeres, ancianos, niños, todos son lo mismo. Nunca me he arrepentido por aquellos a quienes he matado. No amo, no odio, sólo ciega indiferencia. No los veo como individuos, sino como cosas”.

Fue condenado a cadena perpetua, en las fechas del juicio Ucrania firmó un acuerdo con la Comunidad Europea que prohíbe la pena de muerte. Una revisión posterior de su caso podría reducir su condena a 20 años. El mismo Onoprienko ha declarado que no va acudir a las audiencias para la reducción de sus condenas, manifiesta que debe ser ejecutado: “Si estoy libre de nuevo, comenzaré a matar otra vez. Pero en esta ocasión será peor, 10 veces peor. La necesidad esta aquí”, “si no me matan, escaparé de esta prisión y la primera cosa que haré será buscar a alguien y colgarlo de un árbol de los testículos”.

Episodio 6. Anatoli Onoprienko, La bestia de Zhitomir

Narrador:

El viento rasga las cortinas reportando un ligero movimiento que las hace bailar con los astros de la noche. La ventana semiabierta empieza a chirriar, avanza en la oscuridad como si un fantasma la empujase para abrir su figura al ocaso nocturno. No, no es un fantasma, es una bestia, es Anatoli, Anatoli Onoprienko. Lleva husmeando por los aledaños de la cabaña desde hace varios días, la familia Zaichenko es la ideal; marido, mujer y dos niños. Pernoctando pasó las dos fechas anteriores, está, la tercera, era la idónea para llevar a cabo una nueva cacería. Posa sus pies dentro de la cabaña, sus colmillos se afilan al oler el sudor humano, aguanta desde hace semanas sus ansias de aniquilar y en su interior recorren sus venas la sangre del deseo, del deseo de extinción humana. Progresa sigilosamente hasta posar sus zarpas en la habitación del matrimonio Zaichenko, entreabre la puerta, penetra dentro y se posa delante de su trono de descanso, balancea la escopeta del interior de su abrigo apunta a la cabeza del marido y ¡pum! ¡pum! ¡pum! Estómago, corazón y el centro del cerebro, la mujer se revuelve, no le da tiempo a inmutarse cuando su cuerpo se llena de líquido mortal, al instante tiene una bala avanzando hacía su corazón y deja de respirar. Los gritos de los niños, alertan al instinto de Anatoli, su sonrisa se tersa, aumentan sus latidos, uno de los niños entra en la habitación, agarra el hacha y le asesta un pulsado zarpazo al cuello, desquebrajándole y volando su infantil sesera al aire, cae en un sonoro quejido contra la madera ensangrentada, corre hasta el pasillo, dando un puntapié a la cabeza hasta golpear en el vacío silencio del hogar. En tres zancadas estrecha su mano al antebrazo de la otra pieza, clava sus uñas para detener su avanzar, empuña de nuevo el hacha, esta vez, punzando en su tronco, como si estuviese cortando leña en el despertar de Lyov, un inmenso chorro de sangre surca de su cuerpo llenando la cara de Anatoli de líquido deseo. Se relame, traga los restos del festín y decide continuar. Antes de abandonarles, saca un cuchillo y le arranca los dedos a la esposa, va a llevarse sus anillos, es más cómodo a carne suelta. Le quita su ropa interior, la huele y la guarda en el bolsillo de su gabardina, un bonito conjunto que será un buen suplemento para Ana.

Sus pensamientos se enredan en las imágenes de su novia con el recién desvalijado trofeo posado sobres las líneas de su cuerpo, a su espalda, las llamas del infierno inundan las estrellas.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 13-02-11:
Witkin, Verne, Gary Moore y La Bestia de Zhitomir

Introducción

Históricamente, los asesinos en serie intentan saciar sus más bajos instintos anidados a una multitud de perversidades: violaciones, maltrato animal, pedofilia, torturas, necrofilia, vampirismo, canibalismo… En esta ocasión, traemos a un personaje rodeado de un halo misterioso, ofuscado en un afán de protagonismo altamente egocentrista y diversificado en un cruel juego. Éste incluye un ritual donde los primeros protagonistas son los medios de comunicación, aprovechándose de su esmero por la codicia de los índices de audiencia, el vil metal o la presencia de la noticia. Mandaba cartas a los principales periódicos donde incluía una serie de pictogramas que inducían a la confusión, esbozando hechos que solo podía conocer el asesino y, en algunos casos, dando pistas falsas que activaban los mecanismos de burla del asesino.

Zodiac

Nos encontramos ante el asesino más enigmático de la era moderna del crimen. Excluyendo a “Jack, el Destripador”, el otro gran serial killer anónimo, el autobautizado Zodiac, está rodeado de una serie de actos que no nos aclaran cuáles eran sus objetivos, un mar de dudas inundan cada uno de sus movimientos, la alta interacción con los medios y los diversos departamentos de policía, indicaba la meta de ser apresado, pero su desarrollo criminal nos conduce a muchas otras incógnitas escondidas tras la máscara de su anonimato, del según la policía encargada del caso: “un criminal torpe, un mentiroso y, posiblemente, un homosexual latente”.

Su fama alcanzó derroteros insospechados, encontrando otros dos sangrientos copycat en New York y Japón, para engrandecer su figura. Siendo el segundo criminal en jugar con los medios tras “Jack, el Destripador”, curiosamente, ambos nunca identificados con fehaciencia.

Zodiac

Retrato robot de Zodiac

Todo empezó la noche del 4 de julio de 1969, una llamada telefónica alertaba al departamento de policía de dos crímenes, las muertes de Darlene Ferrin –de 22 años- y Mike Mageau –de 19 años-, la voz tras el micrófono se autoinculpaba de los delitos. También se adjudicó otros dos crímenes sin resolver, el asesinato de David Arthur Faraday –de 17 años- y Betty Lou Jensen –de 16 años, ambos asesinados a balazos por un arma del calibre 22. Nuestro asesino apuntó pistas que solo podía conocer el criminal, asegurando su culpabilidad a los policías. Días después, el asesino amplio sus lazos a la prensa, escribiendo tres cartas a los periódicos: Vallejo Times Herald, San Francisco Chronicle y San Francisco Examiner, estaban escritas con rotulador y con abundantes faltas de ortografía, incluyendo nuevas pistas, dando crédito a los tres asesinatos e incluyendo un extraño criptograma de 360 caracteres, el cual, afirmaba contenía su identidad. Exigía que las cartas fuesen impresas en la primera página o iniciaba una masacre asesina durante el fin de semana.

Las cartas se llegaran a publicar y los aficionados a los criptogramas, Donald y Bettye Harden de Salinas en California, descifraron las siguientes palabras que no contenían la identidad del asesino:

Criptograma

Criptograma mandado a diversos periódicos por Zodiac

Me gusta matar gente porque es mucho más divertido que matar animales salvajes en el bosque, porque el hombre es el animal más peligroso de todos. Matar algo es la experiencia más excitante, es aún mejor que acostarse con una chica, y la mejor parte es que cuando me muera voy a renacer en el paraíso y todos los que he matado serán mis esclavos. No daré mi nombre porque ustedes tratarán de retrasar o detener mi recolección de esclavos para mi vida en el más allá…”.

Los últimos 18 códigos nunca se han descifrado y la carta se cerraba con un símbolo similar a una mira –una cruz cerrada en un círculo-. A los pocos días se recibió una nueva carta, con nuevos datos y firmando por primera vez como Zodiac.

Las siguientes víctimas, de nuevo, apuntaron a una pareja joven compuesta por Bryan Hartnell y Cecelia Sheppard, Zodiac cambió el modus operandi, utilizando un cuchillo, dando 10 puñaladas a la mujer y 6 al hombre, pero esta vez algo fallo, el hombre pudo sobrevivir introduciendo una serie de datos nuevos a la investigación: “Era un hombre de constitución fuerte y de unos 180 cms de estatura, se presentó con capucha y una especie de manto negro sobre el pecho que contenía el símbolo de la mira, dijo haber escapado de una prisión de Colorado y que necesitaba el coche para irse a México”. Otro acto de ego, fue el marcar con la navaja en la puerta del automóvil de Hartnell: “Vallejo 12-20-68, Sept 27-69-6:30”.

Mensaje Zodiac

Mensaje marcado en la puerta del coche de Hartnell

La séptima y última víctima oficial de Zodiac fue el taxista Paul Lee Stine, el 11 de octubre de 1969, muerto por el disparo de una 9 mm. en medio de la cabeza, cambiando otra vez el patrón de los crímenes. El 14 de octubre de 1969, el Chronicle recibió una nueva carta de Zodiac, conteniendo una muestra de la camisa de Paul Stine. Días después, llamó al Departamento de Policía de Oakland exigiendo hablar en directo en un programa de televisión con un abogado.

Escribió nuevas cartas, con diversos criptogramas sin poder llegar a traducirlos. Se pierde la pista de Zodiac en 1974, aunque diversas cartas y postales se le han atribuido.

No fueron solo estás siete víctimas las que se imputo Zodiac. Algunos investigadores, afirman que pudieron llegar hasta 50 las víctimas, el propio asesino se atribuye a través de sus cartas 37 crímenes. Tenían algo que le podían conectar con él, pero nunca se llego a probar nada e incluso podría ser un mecanismo de distracción y parte del juego de Zodiac. La policía llegó a manejar una lista de 2.500 sospechosos. Rick Marshall fue uno de ellos, tenía un alto parecido con su retrato robot y vivía en la zona del asesino. Lawrence Kane también reunía algún que otro requisito. Michael O´Hare, Ted Kaczynski y Bruce Davis, también estaban en los primeros de los puestos. Pero en el primer lugar nos encontramos a Arthur Leigh Allen, un pedófilo que estuvo en prisión entre rejas a mediados de los 70, justo cuando Zodiac dejó de actuar. Allen llevaba un reloj de la marca Zodiac, con el símbolo que utilizaba el asesino para firmar y, además, era admirador de la película “El malvado Zaroff”, citada por Zodiac en sus cartas; casualmente, el film nos habla de un conde que mataba personas por diversión. Allen falleció en 1992, nunca pudo ser señalado oficialmente como culpable ni siquiera comparando su ADN con las muestras obtenidas en las cartas. El máximo defensor de la culpabilidad de Allen, es el ex-caricaturista del Chronicle, Robert Graysmith, que vivió obsesionado por la identidad de Zodiac durante 17 años, culminando su investigación con el best-seller: Zodiac, el asesino del zodíaco.

El caso se archivó en 2004, abriéndose de nuevo en 2007, tras los nuevos datos que salieron a la luz para resolver el enigma de Zodiac. Dennis Kaufman dice que su padrastro, Jack Tarrance, es Zodiac, incluso tiene una página web con fotografías, dibujos y algunas evidencias que inciden en su culpabilidad, todo ello no quiere decir de la veracidad de sus manifestaciones, ¿otro para apuntarse al carro de la fama? En esta misma dirección va Deborah Pérez, asegurando en 2009, que su padre, Guy Ward Hendrickson, era Zodiac, diciendo poseer las gafas que no encontraron en la escena del crimen del taxista, atestiguando que ella misma escribió una de las cartas, sin conocer el objetivo, y afirmando poseer pruebas de ADN para identificarlo como Zodiac. Y las teorías más disparatadas hablan que Zodiac es hijo de extraterrestres.

Muchas son las dudas que nunca van a poder ser resueltas sobre la vida y obra de Zodiac, la única respuesta, es saber que su máximo objetivo fue alcanzado: la fama.

Episodio 5. Zodiac, el asesino del zodiaco

Narrador:

Lleno de incertidumbre le encontramos, nervioso, sin parar de girar la esfera de su reloj Zodiac. El tiempo pasa, su sed, no. Hace más de diez años, dejó de escribir a la prensa, al agente Avery o el listillo de Graysmith, ¡qué lejos estaban de la verdad! ¿o no tan lejos?

El recorrer de los días le han hecho una persona más precavida, más iniciada en el arte de lo recóndito. Tras nuevo amanecer se sigue alimentando su interior de esas ansias en ser el epicentro, ¡cómo en los viejos tiempos! Cuándo era portada de todos los periódicos e informativos, cuándo sacudía de terror las calles de California y toda la nación. Podía alimentar el hambre con los recuerdos, pero su afán de revivir esos tiempo no desaparecía. Si hubiese querido, su nombre permanecería en los más altos altares de la eternidad, simplemente, se llenaba sabiendo él la verdad, mirándose al espejo y reconocerse como Zodiac.

Nunca se lo tomó en serio, simplemente como un juego para determinar cuáles eran sus límites, descubrir cuánto podía estirar la goma, para en el momento justo desaparecer y en determinados momentos dar unas ligeras pinceladas de perversidad irrisoria. Su divertimento consistía en un cruel juego en el que introducía a la policía, prensa y televisión, mandando falsas amenazas, induciendo a pensar que era un idiota, escribiendo como un vulgar campesino y logrando una atmosfera misteriosa que rodease a su persona. Se hacía ver como un personaje torpe y distraído, pero su mayor sorpresa era cuándo se daban cuenta de su cruel juego. Vivía la emoción después del crimen, llenando su ego con las más altas esferas de divertimento.

Proyectaba su película favorita: “El malvado Zaroff”, se sentaba en su sillón repleto de revistas pornográficas e imagina mientras la visionaba como sería el próximo crimen: ¿revolver o cuchillo?, o ,¿una soga al cuello? Fue cogiendo gusto al asesinato, escenificándolos, aumentando su dosis de teatralidad, incluso, llegando a dejar libre a una de sus víctimas, ¡qué divertido sería el relato del muchacho! Se imaginaba al chico ante la policía, relatando como un hombre con capucha, con una especia de mantón negro con el símbolo de una mira en el centro había asesinado a su novia.

Como cuándo amenazó con poner una bomba en un autobús escolar, todo San Francisco alterado por su culpa, ¿se creían qué estaba tan loco como para explotar un autobús lleno de niños? ¡Pues no! Era mucho más inteligente que eso. Era un riesgo innecesario, con la capacidad de atención se conformaba, no necesitaba entrar en otros fuegos de artilugios.

Algunos se olvidaron, otros no podían dejar de pensar en él, pero todo la atención recibida fue suficiente para desaparecer en el momento justo, en el momento que respiraban en su nuca. Decidió mandar algunas cartas con una escondida despedida, asestando un último mazazo a las personas justas, riéndose ante ellos, sabiendo quién era pero sin poder demostrarlo. Y con eso se contento.

¡No perdurara su nombre pero sí su obra como Zodiac!

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 24-01-11:
Agatha Christie y el asesino del zodiaco

Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta

Introducción

En Hungría, durante mucho tiempo el pronunciar un nombre era considerado tabú. Durante décadas, el reguero de cadáveres ensangrentados descubiertos por los campesinos en las praderas hizo, que tras su muerte, el mito y la leyenda alcanzasen la senda del silencio y romperlo era transgredir ese tabú, solo con el pronunciamiento de un nombre se producía un intenso e infinito terror: Elizabeth Báthory de Ecsed.

Pertenecía a una orden basada en la Orden de Draco, practicantes de las artes oscuras y el culto a la sangre, la misma que dio origen al mito de Vlad Tepes, la considerada “vampiresa”, era una gran amante del ocultismo y del sadismo. Con los años empezó a tener una gran obsesión por la vejez y la belleza física, esa vanidad la lleva a la locura y a la perversión total. Según cuenta la leyenda, Elizabeth Báthory, empleó ríos de sangre de doncellas como fuente de juventud.

Elizabeth Báthory

Elizabeth Báthory

Nacida en 1560 en el seno de una de las familias húngaras más poderosas y distinguidas de aquella época; hija de George y Anna Báthory; con lejanos lazos de sangre que la emparentaban con la casa de los Drácula. La fortuna de los Báthory era tan grande, que superaba la del rey húngaro Matías II. Elizabeth fue prometida en matrimonio a la edad de once años, a Ferenc Nádasdy, hijo de otra familia noble húngara que más tarde adoptó el apodo de “el Caballero Negro”. Nádasdy fue un guerrero cruel y en las campañas contra los turcos sentía gran placer torturando a los prisioneros turcos.

Con catorce años, tiene una hija con un criado, dando a luz a su hija en la mansión de la condesa Úrsula Nádasdy, su futura suegra; el muchacho fue castrado y arrojado a los perros. Con 15 años se lleva a cabo su matrimonio, el 8 de mayo de 1575, su marido Ferenc contaba con 26 años, se fueron a vivir al castillo de Cáchtice en compañía de su suegra y otros miembros de la casa.

La soledad que acompañaba a Elizabeth por las continuas campañas de guerra de su marido, la llevan a visitar a su tía lesbiana, Karla Báthory, donde empezó a iniciarse en orgías lésbicas. También inició sus contactos con la magia negra, las artes de la brujería y los impulsos sádicos. Un sirviente suyo, llamado Thorko, fue su maestro, y su apoyo, su propia nodriza, IIona Joo. Toda esa rabia que fluía por su cuerpo, la mostraba contra su suegra y los criados de esta, practicando contra ella vudú, maltratando a sus siervos y humillándolos continuamente.

Elizabeth Báthory

Elizabeth Báthory

Su marido, tras la vuelta de una de sus campañas, se entera de todo lo pasado y la perdona. Elizabeth tuvo a su primera hija a los diez años de matrimonio, Ana, a la que siguen tres más: Úrsula, Katrynna y Pál, su único varón.

El 4 de enero de 1604 muere Ferenc Nádasdy. Elizabeth tiene vía libre para poder sacar todo su lado oscuro más violento y sádico. Se habla de que manda colgar y asesinar a su propia suegra, y de terminar con toda la servidumbre de está.

Dirigía su sadismo exclusivamente contra las doncellas o mujeres jóvenes de su entorno próximo. Prueba de ello es que le agradaba morder a sus sirvientas y desgarrarles la carne de los huesos. Uno de sus apodos era “la Tigresa de Cáchtice”, que era el nombre del castillo en el que moraba normalmente. Además practicaba con saña distintos y crueles métodos de tortura. Clavaba sus uñas en el cuerpo de sus sirvientas y colocaba monedas candentes bajo las uñas de sus dedos o llaves ardientes en sus manos. En invierno, mandaba arrojar a las muchachas afuera cuando había nevado y empaparlas con agua fría para que se helaran. También quemaba los genitales de las jóvenes de turno con hierros ardientes, carbón o velas.

A pesar de sus espantosos crímenes, que difícilmente permanecían ocultos, la condesa sanguinaria pudo hacer de las suyas durante un tiempo nada desdeñable, ya que era noble, una aristócrata húngara con derechos sobre sus sirvientas y víctimas, que en ocasiones eran eslovacas o jóvenes raptadas por sus esbirros en los pueblos de los alrededores. Con los cadáveres, Elizabeth actuaba con un absoluto descuido. A menudo, los escondía debajo de las camas y más tarde sus sirvientes los arrojaban a los campos cercanos. La causa de su perdición fue que un día ya no le bastaron las simples sirvientas como víctimas de sus fechorías y empezó a reclamar jóvenes nobles para sus sádicos juegos nocturnos.

castillo de Cáchtice

Castillo de Cáchtice

Entra en escena el rey Matías II de Hungría, ordenando a un primo de Elizabeth, el conde Gyorgy Thurzo, que tomase su castillo con soldados. En el castillo encontraron numerosas muchachas torturadas en distintos grados de desangrado, más de 50 cadáveres enterrados en los alrededores y habitaciones llenas de miembros y restos de sangre.

En 1611, fue procesada, pero consiguió librarse de la pena de muerte. Mientras todos sus cómplices, tras ser torturados, fueron quemados vivos en la hoguera, ella fue tratada con más indulgencia. Se ordenó que fuera encerrada en su alcoba del castillo de Cáchtice y que se tapiaran las ventanas, y allí fue apagándose como un cadáver viviente hasta el momento de su muerte, acaecida en el año 1614.

Episodio 4. Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta

Narrador:

Estamos a 4 de enero del año de nuestro señor de 1604, los alrededores del castillo de Cáchtice están teñidos de luto, un luto impregnado de terror y miedo. La muerte del señor deja en plena libertad de perversidad a la condesa, la familia Nádasdy tiembla y, con ella, todos sus criados.

La condesa Báthory procesa un eterno odio hacia su suegra, la condesa Úrsula Nádasdy, todo lo que huele a ella, la repugna, según ella, se merece un gran escarmiento.

Nuestra mirada se traslada a lo que en aquel entonces estaba sucediendo en los sótanos del castillo. Un nauseabundo olor a putrefacción nos acompaña en este camino.

Elizabeth Báthory:

Los ojos de la libertad impregnan mis pupilas con unas irremediables ansias de venganza. Esa vieja bruja va a pagar toda su dosis de grandeza, primero le haré presenciar la humillación de toda su servidumbre y, después, disfrutaré de mi merecida venganza.

Narrador:

Tras varias horas de torturas, mutilaciones, latigazos y sangre, mucha sangre, vamos a los aposentos de la condesa, se encuentra en un estado de semi-éxtasis, reposando su extenuado cuerpo sobre un gran camastro impregnado de despojos malolientes, restos de otras anteriores orgías de sexo, sangre, perversión y lágrimas.

Empieza a anotar en su diario…

Elizabeth Báthory:

Cáchtice, 5 de enero de 1604.

Tirones de piel desgarrada maquillan mis uñas tras una intensa y prolífica jornada. Cuentan que la venganza es uno de los platos más dulce, ¡ay!, ¡bendita razón tienen! Ver esa multitud de ojos llorosos de desesperación puede llenar cualquier alma de la mayor tranquilidad y desasosiego posible.

Primero colgué boca abajo a algunos de los criados de mi maldita suegra, con la ayuda de Dorka y Jo, sujetándoles y tensando sus músculos. Mientras empapaba en una solución de sal y azufre mi látigo de desollar, aprecié como una ligera y sedienta sonrisa aparecía en el regazo de mi boca. Latigazo tras latigazo, se desgarraba la piel del primer pobre condenado. Sus órganos internos se apreciaban a la vista. Cogí un punzón de hierro y le removí sus intestinos, sus piadosos gritos aumentaban mi excitación, haciéndome pensar en el próximo jueguecito cruel. Los ojos inyectados en sangre del pérfido chico, rondaría los 16 años, me inspiraron: ¡una pera rectal! Ése maloliente cerdo chilló pidiendo piedad hasta que le hice explotar: primero abrí e introduje el mecanismo de tornillos que abrieron su ano al máximo esplendor, desgarrándolo y, mi ímpetu, ¡me hizo viajar por sus paredes internas hasta romperle! Después, estaba sedienta, le agarré del pelo, le escupí en la cara y, con un cuchillo de sierra, con una profunda dentellada, le corté el cuello. Rápidamente, acerqué mis labios a su incesante gotear y tragué y tragué el rojo carmesí de mis deseos hasta quedar saciada.

Las horas se iban sucediendo y, con ellas, cambiaba mis técnicas y mecanismos de tortura, hasta llevar a la muerte a toda aquella servidumbre que veneraba a mi horrenda suegra. La sierra, el collar penal, la flauta del alborotador, la cigüeña, el cinturón de san Erasmo, el aplastapulgares… disfruté con cada uno de ellos, bañándome en sangre en cada nuevo expiar. El péndulo, la rueda de despedazar, el strappardo o la doncella de hierro aumentaron mi excitación, mis manos llenas de sangre flotaban por mis senos, con cada nuevo grito o lloro besaba e intercambiaba flujos de sangre con mis queridas doncellas.

Llegaba al momento cumbre, al calmado regocijo de mi eterna hambre de venganza: la condesa Úrsula Nádasdy.

Ahora miro por la ventana del muro norte de mi castillo. Mientras escribo estas plácidas líneas, observo a mi suegra dentro de la jaula colgante, totalmente desnuda, con el cuerpo desollado, mutilado y desgarrado, lleno de llagas y heridas en cada uno de los poros de su piel, ¡lo que queda de ella!, es tan excitante observar el esqueleto de órganos internos que ha descubierto mi obra, ¡nunca antes había disfrutado tanto!

La tumbamos en el potro, sujetamos con fuerza sus muñecas y tobillos, rotamos lentamente la rueda hasta tensar por completo sus brazos y piernas. Alargados por la fuerza del cabestrante, llegamos a aumentar su altura en unos 25 centímetros. Se dislocaron sus articulaciones, se desmembró su columna vertebral, se desgarraron los músculos de extremidades, tórax y abdomen, pero para sorpresa de la ciencia, seguía respirando. Continuamos con tenazas y cizallas al rojo vivo. Introdujimos las tenazas en la nariz, levantando un gran aullido de dolor, levantamos y arrancamos todas las uñas de los dedos de pies y manos, para después arrancar de un tirón sus dos pezones; con las cizallas removimos cada uno de sus órganos disfrutando de los aullidos de la maldita, sabía que estaba a punto de morir, pero no, se agarraba a la vida como yo al anhelo de su muerte y mi inmortalidad.

Cogí un desgarrador de senos, le apliqué una dentellada y con las cuatro puntas estiré hasta convertir en una masa informe esos feroces creadores de pecados. Hacía rato que dejó de llorar, gritar o moverse, acerqué mi oreja a su boca y descubrí su respiración. Con el próximo jueguecito moriría, quería seguir disfrutando, ver cómo sufría segundo a segundo y cómo se apagaban los latidos del sonido opaco de su corazón. Fue entonces cuando decidí dejarla colgada en la jaula y que todos supieran quién era la nueva reina del castillo.

Vuelvo a mirar por la ventana, veo como mí impura suegra hace un pequeño espasmo, -un cuervo se está alimentando de ella, le está picando y explotando uno de sus glóbulos oculares-, un inmenso grito acompaña a su último aliento de vida, ¡por fin!, ¡por fin he acabado con este suplicio sin razón!

Narrador:

Éste fue el comienzo de una continua, dilatada, opulenta y terrorífica orgía de sangre, donde los albores de la leyenda llegan a confundirse con la ficción, donde la realidad no está muy lejana de la fantasía y donde esta cruenta mujer marcó la desgraciada historia de todos aquellos campesinos que vivieron a su alrededor. Nunca la crueldad llegó a un estado más alto de esplendor, todo ello con la firma de Elizabeth Báthory de Ecsed.

Se puede escuchar la versión radiada en el programa de radio de El Abrazo del Oso del 05-12-10:
Mentes perversas y poderosas: Inocencio VIII y Elizabeth Báthory