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Don Jacinto Viruela Merchante recorría las calles de Madrid después de muchos años de ausencia. Años donde el mundo era pequeño para él: Londres, New York, París, Estambul, Doha, Ottawa, Chicago… multitud de ciudades escrutadas por sus pies, horizontes eternos de penumbra en su paraíso personal. Este deambular sinfín le hacía cada vez más lejano así mismo, siempre estuvo esperando el momento exacto en que ahora se encontraba, deslizándose por las aceras de su grato corazón, compartiendo sus bocanadas de oxígeno con sus antiguos convecinos. Aquí todo comenzó.

Llega al punto neurálgico de la capital, al kilómetro cero, las lágrimas lacrimales empiezan a secretarse continuamente por sus ojos, saca un pañuelo, su pañuelo de lino de la suerte, y se los limpia mientras sus recuerdos empiezan a acudir a su imaginación para trasladarle 50 años atrás.

Madrid. Año 1959. Sus calles céntricas son un continuo ajetreo de viandantes y devenir de Seat 600. Estamos en la calle Gran Vía esquina con Chinchilla, apoyado en la pared con un pie en la banqueta, con la boina cayéndole tímidamente hacia delante, sus manos callosas llenas de betún -en la derecha un viejo cepillo con las púas destrozadas por el intenso uso y su vetusta bayeta en la mano izquierda- sobresale la lánguida figura de Jacinto, esperando la entrada en acción, la salida de la toma del vermú de los señoritos.

Huérfano de padre y madre, desde los cuatro años, vive en una humilde casa de la Ronda de Toledo junto a su abuela paterna, su queridísima Ángeles. Sus padres fallecieron por las miserias de la postguerra, según su abuela “murieron de hambre y pena”. A los seis años empezó su ya dilatada carrera como limpiabotas, introducido por su vecino y gran amigo de correrías infantiles, Iván. Los dos en esos años de postrera madurez trabajan de sol a sol, con una constante maraña de pies en sus banquetas, rápidamente se hicieron con su “esquina”, donde poco a poco se iban labrando una buena reputación. Su juventud, desparpajo e intereses por sus interlocutores, les hacían tener bastante clientela, los señoritos de más alta cuna les llamaban “los dos chupetes de la Gran Vía”, nombre que se extinguió lastimosamente por una gran tragedia.

Las bandas juveniles de carteristas poblaban en mayor cantidad que los limpiabotas la calle Gran Vía. Esperando en las sombras a la salida de las carteras y con su vista de águila detectar los billetes de más alto valor para darlos caza. Eran unos serafines de la cruel maldad, impiadosos ante sus semejantes de edad. Iván era el látigo de estos viles réptiles, no los tenía miedo y él mismo le mató.

En un atardecer del impoluto mes de junio, Jacinto tuvo que recoger sus artilugios antes de lo esperado. Su abuela en las postrimerías del alba, enfermó, y la intranquilidad de Jacinto apremió más que el jornal, partió a su cálido hogar al entrañar la visita diaria de la abuela. “Un simple cambio en una rutina puede dar lugar a una gran desgracia”, pensó Jacinto, después de tener asimilado los hechos que se dieron lugar a posteriori de su partida:

Siempre al ocultarse el sol y cubrirse la ciudad en oscuridad, Jacinto e Iván, partían hacía sus respectivos hogares en mutua compañía, parte por charlar de las anécdotas del día y mayor parte por seguridad. Las bandas de carteristas siempre asaltaban a los limpiabotas al terminal el día y cuando iban en soledad, no tenían valor de sobrepasar la unidad, aunque fueran en grupos de bastantes serafines. Iván no los tenía miedo, y por ello decidió quedarse a la marcha de Jacinto, convenciéndole: “tranquilo amigo no tendrán valor con Iván el Terrible”. Cruzaba la calle Toledo cuando sintió una mano sobre la bolsa del recaudo, de reojo sintió una sombra que se disponía a sobrepasar su cuerpo y un acto reflejo instantáneo un impulso a un movimiento rápido de su pierna izquierda, zancadilleando a su avispado ladrón, recogió la bolsa y se disponía a marchar cuando se le abalanzaron tres nuevos malditos serafines. Los zarandeos, empujones, puñetazos y codazos, pasaban de cuerpo a cuerpo, hasta que la suma desgracia llegó. El serafín jefe, espoleó a sus compañeros de fechorías a fustigarle sin parar, concluyendo con un golpe seco de la cabeza de Iván en el borde de la acera y un interminable goteo de rojo muerte rellenando las grietas del asfalto.

Fue el primer día triste de Jacinto, la muerte de sus padres no permanecía en sus recuerdos, las lágrimas inundaron su almohada durante noches en vela. Un día despertó y a los diez años comprendió su pronta entrada a la madurez. Desde entonces los señoritos empezaron a llamarle “el anciano limpiabotas”.

Cada año que pasaba su fama iba aumentando equitativamente con sus conocimientos, los señoritos de más alta cuna, los más bohemios y cultos, se acercaban desde los rincones más amplios de la ciudad de Madrid para conocerle, para hablar con él, para conocer de sus múltiples anécdotas. Su fama se extendía, no conocían muchacho de mayor inteligencia y despierto.

La gente hablaba y hablaba sobre él. Empezó a interesarse por todas las historias de sus interlocutores, sumar y sumar datos en su cabeza e ir aprendiendo sobre ellos.

La vida de Jacinto avanzaba, tanto económica como interiormente, hasta que una segunda desgracia sobrevino en su vida. La muerte de su abuela. Enferma desde hace unos meses no le pillo de sorpresa pero si le sobrevino el mundo encima, no por la soledad que le iba a venir, sino por el único apoyo que tenía. Días de infausto recuerdo vinieron, la calma del demonio intervino en su espíritu y periodos de reflexión llenaron su alma. Tenía ahorros suficientes tras ocho años de duro trabajo para sobrevivir, un hogar que entre su abuela y él habían conseguido encontrar la luz de la más pura naturaleza, y sabia que muchos días de total plenitud vendrían en un futuro muy cercano.

A la edad de catorce años Jacinto encontró ese golpe de suerte que cambia todas las vidas, demasiado temprano pero dada su temprana madurez, a lo mejor bastante tarde. El simple y mero hecho de encontrar su futura vocación, fue el impulso de hacerle lo que hoy en día es, el hombre más importante de nuestro país.

Apareció un señorito y empezaron a hablar, él le contaba lo bien que le iba a su padre con el negocio de la exportación de zapatos. Entonces la luz se hizo en la mente de Jacinto, su educación estaba detrás de ver todos los días multitud de zapatos, ocho años de temprana madurez ejecutando pensamientos sobre como a él le gustaría un zapato cómodo, elegante y atrayente. La mayoría de los que veía no les atraía, y sus noches de sueño discurrían entre modelos de zapatos. Descubrió su vocación. Ser un maestro zapatero.

¿Quién mejor que un limpiabotas para saber los distintos modelos de zapatos?, ¿cuántos modelos de zapatos, de distintas escalas sociales sus ojos descubrieron en el transcurso de esos años?

Encontró su vocación y en los siguientes años se empleo a pleno pulmón en satisfacer su nuevo ego personal, donde sabia que le llevaría a la cumbre. Trabajando a plena luz del día, diseñando a plena oscuridad de noche, sólo con el alumbrar de las velas.

Transcurridos los años empezó a diseñar los zapatos de sus “amigos” señoritos, la voz se recorría por toda España, y dado el escalafón social de sus clientes por toda Europa, empezando un gran negocio de marroquinería.

A la edad de 21 años desapareció de Madrid y hasta el momento actual no volvió, estaba en la cumbre de la sociedad español, el hombre más rico e importante, el mayor exportador de la industria hispana.

Llegó a la calle Gran Vía esquina con Chinchilla, a sus 61 años se arrodillo, cogió su pañuelo de la suerte de lino, paso un viandante y le pidió limpiarle los zapatos. De nuevo se encontró así mismo.

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El alma incierta

Un sentido de vacío abruma mi ser, no comprendo mi situación actual. ¿Quién iba a suponer que el alter ego de la robótica y el mayor especialista del continuo espacio-tiempo, se quedaría encerrado en su propio agujero de gusano? Y lo peor de todo, ¿cómo imaginarme un futuro tan incierto?

Todo empezó hace tres semanas. Me dirigía a mi mansión cuando vinieron a mi mecanismo interno neuronal la solución a todas las dudas aglutinadas en el cerebro externo. Hasta ahora sólo podíamos viajar al pasado, nos era imposible conectar con lo que todavía no había sucedido. Mis últimos experimentos sobre los agujeros de gusano navegables me traían muchas nuevas preguntas sin responder; había descubierto una nueva ventana temporal, brindándonos la oportunidad de viajar al futuro para cambiar este caótico presente en el que nos encontramos, pero esto conlleva una cuestión ética:

Al alterar el espacio-tiempo podemos cambiar el pasado, entramos en nuestras puertas temporales y viajamos a años anteriores, nuestra misión exclusiva es cambiar el presente, siempre hay algo que no nos convence de nuestra vida. Estos cambios hacen que todos los días cambie el entorno, las familias, los seres que nos rodeaban; una mañana el mundo está en declive, y a la siguiente en su máximo apogeo. Sólo nosotros, los psico-científicos seguimos sin alterar nuestro entorno, somos los llamados híbridos de humano-robots, nacidos de un embrión humano y clonados con las células que integran los mejores atributos de los seres robóticos del pasado. Somos totalmente humanos, la única diferencia consiste en el hipotálamo donde tenemos insertado un microchip que nos concede la cualidad de poder alterar nuestros sueños, de mantener nuestra vida en una línea temporal continua donde nuestro presente es inalterable. Somos seres sin familia, sin pasado, y al no tenerlo, no se puede alterar nuestro presente, vivimos en una burbuja dentro de la alteración humana actual. Pero hasta ahora era imposible cambiar el presente desde el futuro, ¿qué pasaría si pudiera alterarlo? ¿Podría esto extinguir nuestra especie de psico-científicos? Esas eran las preguntas que iban a tener pronta respuesta.

Todas estas dudas fueron resueltas en ese momento, era la respuesta más fácil, para poder responder a mis preguntas tenía que dejar de lado toda mi ética y viajar por la nueva ventana temporal.

Llegue a mi mansión, conecté todas las válvulas de energía, los ordenadores y todas las cargas iónicas llenas de materia exótica. Puse la manecilla del espacio a 5 kms. exactos del punto donde me encontraba y la del tiempo 20 años en adelante. Me adapte la máscara de teletransportación cuántica que me abría las puertas de la nueva ventana neuronal para viajar al futuro. La luz empezó a aparecer en la puerta temporal, cada vez más cegante e intensa, atravesé la puerta y el puente temporal del espacio-tiempo.

La oscuridad y la soledad se regodeaban en mis sueños, desperté. Mire a mi alrededor y enseguida me di cuenta de que el futuro poco había cambiado. Una ráfaga de cambio espacio-temporal se producía en ese momento. Los edificios cambiaron su estructura, los arboles desaparecían, una mujer embarazada se convertió en un niño de 8 años, un hombre trajeado con la indumentaria oficial del gobierno se transformó en un simple peatón.

Este viaje me deparaba mi primera respuesta:

Mi futuro, presente y pasado tienen la misma realidad. Vivía en una infinita pesadilla, era uno de los pocos que se la realidad actual de nuestro planeta. Los continuos viajes de infinidad de humanos al pasado, alterándolo y cambiando el presente, eran pasos para seguir con el mayor error de la historia de la humanidad, la creación de las ventanas temporales. Desde su invención los humanos tenían la necesidad de llenar los vacíos de sus vidas, utilizaban las puertas para mejorar pero con cada viaje lo único que conseguían era empeorar el presente. Llegó un día que los cambios eran continuos, nos introducimos en una espiral infinita de niveles de existencia, la insatisfacción era la base de la integridad humana y el egoísmo individual su más alto nivel. Está espiral era cerrada, sin salida.

Con este viaje al futuro era el primer paso, invisible para el resto de la población, para encontrar la forma de cambiar el presente desde el futuro y con ello establecer una llave común para detener el tiempo en un punto exacto e inmovible. Llevar desde el futuro la estabilidad y la paz al presente. Tenía que encontrar la forma de establecer un punto de conexión para poder destruir todas las ventanas temporales. Y lo encontré…

… Relativamente. Después de tres semanas deambulando por la ciudad, viendo si en el futuro encontraba esa llave para el cambiar el pasado, que era mi presente, me estaba volviendo loco. En el momento actual me encuentro respondiéndome esas preguntas.

Tenía la solución para llevar una tranquilidad idónea para mis contemporáneos.

En mi mansión de este futuro he encontrado la respuesta, en mi anterior pasado decidí, en una de mis vidas paralelas, no usar la ventana neuronal al futuro e inventé un corta-fuegos para el microchips insertado en el hipotálamo de los psico-científicos.

Estoy sentado meditando todos los pros y los contras. Toda mi vida he estado buscando la solución para salvar a la humanidad de este presente caótico pero ahora mismo estoy abriendo los ojos y dándome cuenta de que no buscaba esa salvación mundial, sino la personal. Sólo quiero quitarme el sentimiento de angustia y vacío interior, no puedo descansar en paz, mis sueños son la extensión de mi vida real, cada día que pasa me sumo en un semi-caos interior. Para acabar con este sufrimiento, tengo que dejar de ser un psico-científico, inyectarme el microchip y ser uno más, ingresar en el mundo de la monotonía y de espaldas a la verdad, no tenemos salida. Los avances de la humanidad nos llevan a un callejón sin salida, por muchos viajes temporales siempre estaremos encerrados en un presente en continua variación, y cuando nos sintamos solos, veamos nuestra vida vacía, de nuevo atravesaremos la puerta al pasado para encontrar el momento donde nuestra vida dejo de ser apasionante y alterar el punto de cambio de nexo común con el presente.

Mis sueños de cambio golpean mi nariz, he tenido que viajar al futuro para darme cuenta de mi equivocación. La humanidad no es infeliz, ése soy yo. Su ansia de cambio e inconformidad les hace viajar una y otra vez al pasado. No están vacíos, están llenos de espíritu de aventura. Están acostumbrados a los cambios y quitándoles esos cambios seria cuando sentirían el vacío.

Si me inyecto el micro-chips conseguiré encontrar mi paz interior, sería un ser humano totalmente, pudiendo disfrutar de la felicidad de los cambios, y dejar de lado mi mundo de los sueños.

La decisión está tomada, me voy a inyectar el micro-chips. Todo mi mundo de los sueños ha desaparecido después de la inyección. Soy un ser humano.
Tengo que regresar al presente y disfrutar de mi nueva vida, disfrutar de los cambios. Atravieso el puente y la puerta temporal, regresando a mi mansión. Soy feliz, voy a disfrutar del continuo cambio.

Miro por la ventana, todo está vacío, la única edificación es la mía. La única señal de vida es el bombear de mi corazón.

¿Qué ha pasado? Mi viaje al futuro ha cambiado el presente, he acabado con él. He destruido a la humanidad. Mi egoísmo igualitario, ha sido la causa. He cerrado todas las puertas del futuro y el pasado, dejando un agujero negro en el presente que nada ni nadie puede atravesar. Mi alteración en el futuro ha destruido a la humanidad.

He jugado con el tiempo y él ha jugado conmigo.