El limpiabotas

Publicado: 06/07/2011 en Relatos
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Don Jacinto Viruela Merchante recorría las calles de Madrid después de muchos años de ausencia. Años donde el mundo era pequeño para él: Londres, New York, París, Estambul, Doha, Ottawa, Chicago… multitud de ciudades escrutadas por sus pies, horizontes eternos de penumbra en su paraíso personal. Este deambular sinfín le hacía cada vez más lejano así mismo, siempre estuvo esperando el momento exacto en que ahora se encontraba, deslizándose por las aceras de su grato corazón, compartiendo sus bocanadas de oxígeno con sus antiguos convecinos. Aquí todo comenzó.

Llega al punto neurálgico de la capital, al kilómetro cero, las lágrimas lacrimales empiezan a secretarse continuamente por sus ojos, saca un pañuelo, su pañuelo de lino de la suerte, y se los limpia mientras sus recuerdos empiezan a acudir a su imaginación para trasladarle 50 años atrás.

Madrid. Año 1959. Sus calles céntricas son un continuo ajetreo de viandantes y devenir de Seat 600. Estamos en la calle Gran Vía esquina con Chinchilla, apoyado en la pared con un pie en la banqueta, con la boina cayéndole tímidamente hacia delante, sus manos callosas llenas de betún -en la derecha un viejo cepillo con las púas destrozadas por el intenso uso y su vetusta bayeta en la mano izquierda- sobresale la lánguida figura de Jacinto, esperando la entrada en acción, la salida de la toma del vermú de los señoritos.

Huérfano de padre y madre, desde los cuatro años, vive en una humilde casa de la Ronda de Toledo junto a su abuela paterna, su queridísima Ángeles. Sus padres fallecieron por las miserias de la postguerra, según su abuela “murieron de hambre y pena”. A los seis años empezó su ya dilatada carrera como limpiabotas, introducido por su vecino y gran amigo de correrías infantiles, Iván. Los dos en esos años de postrera madurez trabajan de sol a sol, con una constante maraña de pies en sus banquetas, rápidamente se hicieron con su “esquina”, donde poco a poco se iban labrando una buena reputación. Su juventud, desparpajo e intereses por sus interlocutores, les hacían tener bastante clientela, los señoritos de más alta cuna les llamaban “los dos chupetes de la Gran Vía”, nombre que se extinguió lastimosamente por una gran tragedia.

Las bandas juveniles de carteristas poblaban en mayor cantidad que los limpiabotas la calle Gran Vía. Esperando en las sombras a la salida de las carteras y con su vista de águila detectar los billetes de más alto valor para darlos caza. Eran unos serafines de la cruel maldad, impiadosos ante sus semejantes de edad. Iván era el látigo de estos viles réptiles, no los tenía miedo y él mismo le mató.

En un atardecer del impoluto mes de junio, Jacinto tuvo que recoger sus artilugios antes de lo esperado. Su abuela en las postrimerías del alba, enfermó, y la intranquilidad de Jacinto apremió más que el jornal, partió a su cálido hogar al entrañar la visita diaria de la abuela. “Un simple cambio en una rutina puede dar lugar a una gran desgracia”, pensó Jacinto, después de tener asimilado los hechos que se dieron lugar a posteriori de su partida:

Siempre al ocultarse el sol y cubrirse la ciudad en oscuridad, Jacinto e Iván, partían hacía sus respectivos hogares en mutua compañía, parte por charlar de las anécdotas del día y mayor parte por seguridad. Las bandas de carteristas siempre asaltaban a los limpiabotas al terminal el día y cuando iban en soledad, no tenían valor de sobrepasar la unidad, aunque fueran en grupos de bastantes serafines. Iván no los tenía miedo, y por ello decidió quedarse a la marcha de Jacinto, convenciéndole: “tranquilo amigo no tendrán valor con Iván el Terrible”. Cruzaba la calle Toledo cuando sintió una mano sobre la bolsa del recaudo, de reojo sintió una sombra que se disponía a sobrepasar su cuerpo y un acto reflejo instantáneo un impulso a un movimiento rápido de su pierna izquierda, zancadilleando a su avispado ladrón, recogió la bolsa y se disponía a marchar cuando se le abalanzaron tres nuevos malditos serafines. Los zarandeos, empujones, puñetazos y codazos, pasaban de cuerpo a cuerpo, hasta que la suma desgracia llegó. El serafín jefe, espoleó a sus compañeros de fechorías a fustigarle sin parar, concluyendo con un golpe seco de la cabeza de Iván en el borde de la acera y un interminable goteo de rojo muerte rellenando las grietas del asfalto.

Fue el primer día triste de Jacinto, la muerte de sus padres no permanecía en sus recuerdos, las lágrimas inundaron su almohada durante noches en vela. Un día despertó y a los diez años comprendió su pronta entrada a la madurez. Desde entonces los señoritos empezaron a llamarle “el anciano limpiabotas”.

Cada año que pasaba su fama iba aumentando equitativamente con sus conocimientos, los señoritos de más alta cuna, los más bohemios y cultos, se acercaban desde los rincones más amplios de la ciudad de Madrid para conocerle, para hablar con él, para conocer de sus múltiples anécdotas. Su fama se extendía, no conocían muchacho de mayor inteligencia y despierto.

La gente hablaba y hablaba sobre él. Empezó a interesarse por todas las historias de sus interlocutores, sumar y sumar datos en su cabeza e ir aprendiendo sobre ellos.

La vida de Jacinto avanzaba, tanto económica como interiormente, hasta que una segunda desgracia sobrevino en su vida. La muerte de su abuela. Enferma desde hace unos meses no le pillo de sorpresa pero si le sobrevino el mundo encima, no por la soledad que le iba a venir, sino por el único apoyo que tenía. Días de infausto recuerdo vinieron, la calma del demonio intervino en su espíritu y periodos de reflexión llenaron su alma. Tenía ahorros suficientes tras ocho años de duro trabajo para sobrevivir, un hogar que entre su abuela y él habían conseguido encontrar la luz de la más pura naturaleza, y sabia que muchos días de total plenitud vendrían en un futuro muy cercano.

A la edad de catorce años Jacinto encontró ese golpe de suerte que cambia todas las vidas, demasiado temprano pero dada su temprana madurez, a lo mejor bastante tarde. El simple y mero hecho de encontrar su futura vocación, fue el impulso de hacerle lo que hoy en día es, el hombre más importante de nuestro país.

Apareció un señorito y empezaron a hablar, él le contaba lo bien que le iba a su padre con el negocio de la exportación de zapatos. Entonces la luz se hizo en la mente de Jacinto, su educación estaba detrás de ver todos los días multitud de zapatos, ocho años de temprana madurez ejecutando pensamientos sobre como a él le gustaría un zapato cómodo, elegante y atrayente. La mayoría de los que veía no les atraía, y sus noches de sueño discurrían entre modelos de zapatos. Descubrió su vocación. Ser un maestro zapatero.

¿Quién mejor que un limpiabotas para saber los distintos modelos de zapatos?, ¿cuántos modelos de zapatos, de distintas escalas sociales sus ojos descubrieron en el transcurso de esos años?

Encontró su vocación y en los siguientes años se empleo a pleno pulmón en satisfacer su nuevo ego personal, donde sabia que le llevaría a la cumbre. Trabajando a plena luz del día, diseñando a plena oscuridad de noche, sólo con el alumbrar de las velas.

Transcurridos los años empezó a diseñar los zapatos de sus “amigos” señoritos, la voz se recorría por toda España, y dado el escalafón social de sus clientes por toda Europa, empezando un gran negocio de marroquinería.

A la edad de 21 años desapareció de Madrid y hasta el momento actual no volvió, estaba en la cumbre de la sociedad español, el hombre más rico e importante, el mayor exportador de la industria hispana.

Llegó a la calle Gran Vía esquina con Chinchilla, a sus 61 años se arrodillo, cogió su pañuelo de la suerte de lino, paso un viandante y le pidió limpiarle los zapatos. De nuevo se encontró así mismo.

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