Javier Rosado, el asesino del rol

Publicado: 14/05/2011 en Mentes perversas
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Javier Rosado, el asesino del rol

Introducción

Los medios de comunicación tienen la tendencia a satanizar las películas o videojuegos extremadamente violentos, recordando que dentro de la capacidad de cada uno está la de analizar y separar la realidad de la fantasía o virtualidad. Muchas veces, algunos de los casos más modernos de aspirantes a asesinos en serie, están escondidos ante lo anteriormente comentado. Tenemos asesinos con catana basándose en el videojuego Final Fantasy, un demente que mata a 32 personas copiando la película Old Boy o supuestos roleros que empiezan un juego mortal. Estos grandes medios esconden sus manipulaciones en los puntos más débiles, intentan excusar su falta de autorregulación educativa en la supuesta violencia de algunos videojuegos o películas, cuando observamos, día a día, la falta de ideales, educación y señorío en el 99% de sus producciones en televisión. No se puede criticar de lo que se carece.

El caso de Javier Rosado y Félix Martínez, no tiene nada que ver con el rol, solo es él adalid para llevar a cabo el mal. Su falta de empatía emocional y su carácter manipulador y egocentrista, no está ligado a ningún tipo de intelecto, ninguno de los dos confundió su camino, sus ansias de diversión, crueldad y maldad, estaba delante de ellos cruzándose o no el rol en su vespertino despertar.

La acción se produce el 30 de abril de 1994, en una parada de autobús del barrio madrileño de Hortaleza, es asesinado Carlos Moreno, un empleado de limpieza de 52 años, dos jóvenes estudiantes: Javier Rosado (21 años) y Félix Martínez Reséndiz (17 años), acaban con su vida.

Carlos Moreno

Carlos Moreno, la única víctima del "asesino del rol"

El “juego” marcaba que debían encontrar una víctima antes de las tres de la madrugada. Primero habían escogido a una mujer pero tras varios intentos fallidos, apareció Carlos Moreno, para el interludio de entre las 3 y las 5 de la madrugada, las normas establecían que el siguiente objetivo debía ser un hombre “regordete” y “estúpido”.

Primero le pidieron su dinero, tras llevarlo a un descampado, le asestaron 19 cuchilladas entre múltiples forcejeos, tras poco más de 15 minutos la víctima alcanzo la muerte. Después, ya en casa de Rosado, ambos blindaron y se fumaron un puro felicitándose por el crimen. Alcanzaron una paz espiritual total, habían cumplido con su deber y atendido una necesidad elemental de ambos. Empezaron a planear un nuevo crimen.

Tiempo más tarde, el conductor de un autobús descubrió entre los matorrales cercanos a la parada el cuerpo de Carlos Moreno sádicamente asesinado. La policía encontró 60.000 pesetas en uno de sus bolsillos, un reloj que no pertenecía a la víctima, pelos de un sospechoso en sus uñas y un trozo de un guante de látex.

Rosado y Martínez se jactaban ante sus amigos de que eran los autores del crimen y que el “juego” solo acaba de empezar. Animándolos a unirse a ellos, uno de los amigos acudió a un sacerdote, éste le aconsejo contárselo a sus padres, y éstos acudieron a la policía. La policía los detuvo cuando Martínez y Rosado habían ya comprado los guantes de látex y se encaminaban a por su segunda pieza de caza. En el dormitorio de Rosado encontraron una biblioteca con más de 3.000 volúmenes con diversos ejemplares con manuales de ocultismo, obras del Marqués de Sade y Adolf Hitler, revistas paranormales, quince cuchillos y lo que alarmo a la prensa y puso en tela de juicio a todos los amantes del rol: abundantes manuales de rol. Y la prueba crucial durante el juicio: el diario de Javier Rosado.

Este asesinato no tuvo un móvil concreto, aunque se intentó relacionar con un supuesto “juego de rol” llamado Razas, producto de la enfermiza mente de Javier Rosado. El hecho de que Carlos Moreno fuera “gordito” le convertiría en la víctima de su locura asesina. Tanto el nombre como la temática racista de este “juego” se explican perfectamente si se tiene en cuenta la ideología supremacista de estos dos jóvenes, algo omitido por muchos medios de comunicación. Incluso se jacta de la mala suerte de Carlos Moreno: “Pobre hombre, no merecía lo que le pasó. Nosotros buscábamos adolescentes y no pobres obreros. En fin, la vida es muy ruin. Calculo un 30% de posibilidades de que nos atrapen. Si lo hacen será por irse de la lengua. La próxima vez le tocará a una chica… y lo haremos mucho mejor”.

Javier Rosado

Javier Rosado, el "asesino del rol"

Durante el juicio, Rosado no hizo uso de la palabra, se limitaba a asistir a las sesiones como un mero espectador, tomaba notas en una libreta, y en alguna ocasión, sacó a relucir una sonrisa escalofriante. Escuchaba las palabras de distintos psiquiatras, diciendo que era un psicópata sin posibilidad de ninguna adaptación sociedad, él se mostraba impasible ante tales palabras. De repente, Rosado se levanto y se dirigió al estrado para declarar: “Dijeron (los forenses) que había un tipo de heridas realizadas con más entusiasmo, hechas por un gran cuchillo, y otras más pequeñas, hechas con menos fuerza realizadas por un arma más pequeña. Según ellos, el arma grande provoco el 90% de la muerte, y la otra sólo el 10%. Pues el que llevaba el cuchillo pequeño era yo. Es decir, que tenía menos ansias de matar”. Ese fue el momento que se declaraba culpable pero también inculpaba a su compañero: “Desde el principio siempre se me ha puesto a mí como un psicópata, mientras que el señor Félix, que tiene tres años menos que yo, es siempre un pobre hombre. Si a los dos se nos acusa del mismo crimen, ¿Por qué es a mí al que realizan los test psicológicos encaminados a determinar la personalidad del psicópata?, ¿por qué no se los hacen también al señor Félix?”. En esta declaración también manifiesta su repugnancia por los juegos de rol y el hecho de que él sólo había jugado a Razas. Durante el juicio declaró además que ni Razas ni los juegos de rol tenían ninguna relación con el crimen. Rosado también declaró que era una esquizofrénico paranoide, que había nacido con 17 años y que en su interior convivían 43 personalidades diferentes, cada una de ellas con reglas y valores distintos.

Javier Rosado sería condenado en febrero de 1997 a 42 años y 2 meses, mientras que Félix Martínez, menor de edad en el momento de cometer el crimen, fue condenado a 12 años y 9 meses. A Rosado se le demonizó como el cerebro del crimen que había llevado tras de sí a un menor sugestionable. Además, la condena establece que Javier Rosado padece un trastorno de personalidad psicopatía sádica, aunque los psiquiatras no lograron ponerse de acuerdo sobre el verdadero estado mental de Rosado ni durante la instrucción del juicio ni durante la vista oral. Hecho destacado es que la familia de la víctima tuvo claro desde el primer momento que los juegos de rol no habían tenido nada que ver con el caso, llegando a participar en concentraciones que los diversos colectivos de jugadores organizaron pocos días después de la detención de Rosado y Martínez para defender el buen nombre de su afición. A raíz de este crimen se rodaron varias películas como “Nadie conoce a nadie” (1999) de Mateo Gil o “El corazón del guerrero” (1999) de Daniel Monzón, con el tema del “rolero asesino” que se convertiría además en figura habitual de varios telefilmes y series de televisión.

En sus primeros días en prisión, llegó a pedir a los funcionarios de prisiones que le facilitaran un juego de rol e incluso con sus compañeros de módulo alardeaba de ser “el asesino del rol”. Durante los siguientes meses y años en prisión, empezó a trabajar como auxiliar de biblioteca en “el módulo de la UNED” de la cárcel del Soto de Real en Madrid. Rodeado de presos estudiantes y universitarios acabó Químicas –en la rama de Medio Ambiente- con un buen expediente académico, decidió continuar su formación y se licenció también en Matemáticas e Ingeniería Técnica Informática.

El 5 de enero de 2008 la Audiencia Provincial de Madrid concede a Rosado el tercer grado penitenciario y durante el año 2010 alcanza la plena libertad, con tan solo 36 años y 13 años de condena.

Según Pedro Martínez, teniente fiscal del Tribunal Superior de Justicia: “Javier Rosado es un psicópata, carece de empatía, su inteligencia no es emocional sino descriptiva y carece de sentimientos, pero a la vez es muy inteligente y puede penetrar tu mente e imaginar qué piensas, aunque es incapaz de saber cómo te sientes” y “es un gran manipulador de emociones ajenas, y creemos que se entregó al crimen no para liberar tensiones emocionales, sino como deleite”.

Félix Martínez obtuvo el tercer grado penitenciario, y, posteriormente, la libertad, en 1999. Vive en Berlín (Alemania), intentado aislarse de los medios de comunicación.

Nos queda una gran duda, ¿continuará el juego?

Episodio 3. Javier Rosado, el asesino del rol

Narrador:

Apuntes reales del diario de Javier Rosado.

Javier Rosado:

Salimos a la una y media. Habíamos estado afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos. Nos pusimos ropa vieja en previsión de la que llevaríamos quedaría sucia. Quedamos en que yo me lanzaría desde atrás y agarraría a la víctima mientras mi compañero le debilitaba con un gran cuchillo. El mío era pequeño pero muy afilado, fácil de disimular y manejar, ya que debía cortarle el cuello. Yo sería quien matase la primera víctima.

No sabíamos qué hacer cuando vimos a una persona andar hacia la parada. Era gordito y mayor, tío y con cara de tonto, y nos planteamos esta última oportunidad. Lo planeamos entre susurros: sacaríamos los cuchillos al llegar a la parada, simularíamos un atraco y le pediríamos que nos ofreciera el cuello (no tan directamente, claro). Entonces yo le metería mi cuchillo en la garganta y mi compañero le apuñalaría en el costado… ¡Simple!, desde el principio me pareció un obrero, un pobre desgraciado que no merecía la muerte. Era rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpear, barba de tres días, una bolsita que parecía contener ropa, y una papeleta imaginaria que decía “quiero morir” menos acusada de ls normal. Si hubiera sido nuestra primera posibilidad, allá a la una y media, no le hubiera pasado nada, pero… ¡así es la vida!

Le dije que levantara la cabeza y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado de sorpresa y terror. Nos llamó “hijos de puta”. Volví a clavarle el cuchillo en el cuello, pero me daba cuenta de que no le estaba haciendo prácticamente nada, excepto abrirle una brecha por la que empezaba a sangrar. Mi compañero ya había comenzado a debilitarle con puñaladas en el vientre y en los miembros, pero ninguna de ellas era realmente importante. Sólo le distraían del verdadero peligro que era yo. Decidí cogerle por detrás e inmovilizarle para que mi compañero le matara. La presa redobló sus forcejeos, pero estábamos en la situación ideal conmigo sujetándole y mi amigo dándole puñaladas. Empezó a cabrearme el hecho de que no se muriera. Seguí intentado sujetarle y mis manos encontraron su cuello, y en él una de las brechas causadas por mi cuchillo. Metí por ella una de mis manos y empecé a desgarrar, arrancando trozos de carne, arañándome las manos en mi trabajo…era espantoso. ¡Lo que tarda en morir un idiota! Llevábamos casi un cuarto de hora machacándole y seguí intentado hacer ruidos. ¡Qué asco de tío! Mi compañero me dijo que le había sacado las tripas. Vi una porquería blanquecía saliéndose de donde tenía el ombligo y pensé. ¡Cómo me paso! Redoblé mis esfuerzos y me alegré cuando pude agarrarle la columna vertebral y empecé a tirar de ella. No cesé hasta descoyuntársela. Nuestra presa seguí viva y emitía un sonido similar a las gárgaras, insistentemente y cada poco tiempo. Le dije a mi compañero que le cortara la cabeza para que dejara de hacer ruido. Escuché un “ñiqui, ñiqui” y quejas de mi amigo de que el hueso era muy duro. A la luz de la luna contemplamos nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano. Me miré a mi mismo y me descubrí absoluta y repugnantemente bañado en sangre. A mi compañero le pareció acojonante, y yo lamenté no poder verme a mí mismo o hacerme una foto. Uno no puede pensar en todo…

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